Un ensayo personal y periodístico sobre la violación y, sobre todo, sobre la manera en que hablamos —o callamos— acerca de ella. La autora parte de su propia agresión a los diecisiete años en Bombay y de la repercusión imprevista que tuvo…
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Un ensayo personal y periodístico sobre la violación y, sobre todo, sobre la manera en que hablamos —o callamos— acerca de ella. La autora parte de su propia agresión a los diecisiete años en Bombay y de la repercusión imprevista que tuvo su testimonio décadas después, para tejer un recorrido por voces de supervivientes de India, Estados Unidos y Sudáfrica. Sin ánimo de dar respuestas cerradas, propone afinar las preguntas: por qué persiste la vergüenza, qué cuesta contar y cómo se sigue viviendo después.
Hay delitos que se investigan y delitos que se discuten. La violación, sostiene este libro, pertenece a una categoría incómoda: es el único ante el cual una parte del mundo reacciona pidiendo que se encierre a la víctima, el único que se considera lo bastante devastador como para arruinar una vida entera y, a la vez, no lo bastante grave como para tratar a quien lo comete igual que a cualquier otro delincuente. De esa contradicción parte la obra, y de ella no se aparta.
La autora escribe desde una experiencia propia: en 1980, con diecisiete años y a semanas de empezar la universidad, fue agredida por cuatro hombres armados en una ladera de Bombay, junto a un amigo. Sobrevivió hablando —prometiendo, negociando, inventando—, y esa constatación atraviesa el libro entero. Tres años más tarde publicó su relato en una revista feminista de Delhi, en una India donde nadie había dado la cara todavía. Pasaron treinta años de novelas, hijas, mudanzas y otros temas, hasta que aquel viejo artículo reapareció en las redes sociales, se volvió viral y la devolvió, sin aviso, al lugar del que había salido. La decisión de responder —o de no hacerlo— es el punto donde comienza esta escritura.
A partir de ahí, el texto se abre. Conviven en él testimonios recogidos durante años: hermanas que descubren en la edad adulta que compartieron el mismo secreto de infancia, una mujer que tardó diez años en dejar a su marido, un superviviente varón que pasó décadas creyéndose el único, una joven de Puerto Elizabeth que habla de su agresión con naturalidad porque en su comunidad los tabúes trazan otras líneas. Aparecen también el caso que sacudió a India en diciembre de 2012, las pancartas de aquellas protestas, las metáforas grotescas de abogados y agresores, la ola del #MeToo y la pregunta de quién queda fuera de esa conversación llamada global.
El tono es deliberadamente inclasificable: ni tratado académico ni memorias, ni informe ni autoayuda. La autora se reserva el derecho de contradecirse en voz alta —la violación siempre es una catástrofe; la violación no siempre es una catástrofe— y de revisar consignas que ella misma defendió de joven. Da nada por sentado salvo lo esencial: que hay un delito, alguien que lo comete y alguien que lo padece.
Lo que queda es un libro sobre el silencio y su precio, sobre lo que cuesta contar cuando no se puede controlar la reacción ajena, sobre las fobias que nadie menciona, la confianza que hay que reconstruir y la difícil convivencia de la ira con la alegría. También, y sin sentimentalismo, sobre la vida que sigue después: la posibilidad de que sobrevivir no sea lo más interesante que pueda decirse de una persona.
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