En «De regreso a mí», María Raquel García López reconstruye el camino que la llevó desde una infancia marcada por la muerte temprana de su madre hasta la reconciliación con su propia interioridad.
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En «De regreso a mí», María Raquel García López reconstruye el camino que la llevó desde una infancia marcada por la muerte temprana de su madre hasta la reconciliación con su propia interioridad. A medio camino entre la memoria personal y el manual de crecimiento, el libro alterna episodios autobiográficos con reflexiones breves sobre autoestima, duelo, gratitud, miedo y desapego, y propone al lector un itinerario para reencontrarse consigo mismo.
Hay libros que nacen de una pregunta y otros que nacen de una pérdida. «De regreso a mí» pertenece al segundo grupo: la autora tenía siete años cuando su madre murió de forma repentina, y desde ese punto de quiebre traza hacia atrás y hacia delante el mapa de una vida que, vista en retrospectiva, se le revela como un largo movimiento de retorno a sí misma.
La primera parte del libro es memoria. María Raquel García López evoca una infancia en un pueblo de Alicante, los veranos en Galicia, el aprendizaje de la bicicleta en una plaza, y después el silencio que se instala en una casa cuando falta el pilar que la sostenía. Retrata a un padre viudo que saca adelante a tres hijos con más voluntad que recursos, cuyas manías —acumular pan, guardar agua, no reparar lo estropeado— la autora aprende a leer años más tarde como cicatrices de una posguerra de hambre. Retrata también la incomodidad de crecer como única mujer entre tres hombres, la rebeldía adolescente, la comparación permanente con las vidas ajenas y la creencia, instalada muy pronto, de valer menos que los demás. En ese mismo tramo aparece el hallazgo que ordenará todo lo demás: unos deberes escolares de verano la llevan a escribir un diario, y la escritura se convierte, sin que ella lo sepa entonces, en su primera terapia.
La segunda parte cambia de registro. Un centenar de capítulos breves —a veces una reflexión, a veces una anécdota, a veces un ejercicio— organiza lo aprendido en el camino: la aceptación de la vida como dualidad de altos y bajos, el trabajo con las creencias limitantes, la gestión de la rabia y del miedo, el valor de la gratitud y del presente, el diálogo interno, el niño interior, la sombra, la empatía, la resiliencia, el arte de soltar el control y de hacerse amigo de la incertidumbre. Junto a ellos conviven materiales de muy distinta procedencia: afirmaciones positivas, listas prácticas, cartas, dinámicas de retroceso en el tiempo, nociones tomadas de la inteligencia emocional, la sincronicidad, la ley de atracción y la espiritualidad contemporánea. La autora no oculta sus fuentes ni pretende originalidad doctrinal; declara con franqueza a quiénes ha leído y recomienda no beber nunca de una sola fuente, sino quedarse con lo que resuene en el propio corazón.
El tono es el de una conversación, no el de una cátedra. Quien escribe habla en primera persona, se ríe de sí misma, se contradice cuando hace falta y se dirige al lector de tú, como quien tiende la mano desde la otra orilla de un puente que acaba de cruzar. Esa es, de hecho, la tesis que atraviesa el volumen: el dolor no se borra, se transforma; lo vivido puede convertirse en herramienta para otros, y las adversidades, leídas con otro prisma, dejan de ser condena para volverse material de construcción.
«De regreso a mí» se dirige a quien atraviesa un duelo, una ruptura o un periodo de desconexión consigo mismo, y también a quien simplemente busca un compañero de lectura que no sermonee. Puede leerse de principio a fin como relato de una vida, o abrirse al azar por cualquiera de sus capítulos cortos, que funcionan como estaciones independientes. En ambos casos el destino es el mismo que anuncia el título: el regreso a uno mismo, entendido no como una meta lejana sino como el lugar del que nunca se salió del todo.
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