Crónica de navegación firmada por Paul Verne, hermano del novelista, que relata la travesía del yate de vapor Saint-Michel desde Rotterdam hacia el Báltico en junio de 1881.
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Crónica de navegación firmada por Paul Verne, hermano del novelista, que relata la travesía del yate de vapor Saint-Michel desde Rotterdam hacia el Báltico en junio de 1881. Entre esclusas, brumas y puertos militares, el relato combina bitácora técnica, retrato humano y apunte de viaje con un humor sereno que atraviesa cada escala.
El diez de junio, retenido en Rotterdam por un viento del Noroeste que barre el litoral holandés y vuelve impracticable el mar del Norte, un pequeño yate de vapor francés espera el momento de zarpar. A bordo van cuatro pasajeros —entre ellos el propietario de la nave, Julio Verne— y una tripulación enteramente bretona mandada por el capitán Olive, maestro en cabotaje con veinticinco años de experiencia. Se les ha sumado, casi por asalto comercial, un piloto inglés del canal y del mar del Norte que ha sabido convencerlos de su propia indispensabilidad y cuyo saco encerado, enorme y pesadísimo, exige dos hombres para subirlo a cubierta.
El narrador —hermano del escritor, y consciente de que hablar de él lo expondría a la acusación de parcialidad— construye su crónica en capas. Una es la del barco: treinta y tres metros de eslora, casco de hierro aparejado en goleta, cinco tabiques impermeables, máquina Compound de dos cilindros desiguales, la distribución exacta de salón, dormitorio, comedor y puesto de la tripulación. Otra es la del itinerario, que no deja de corregirse: el plan inicial de llegar a San Petersburgo se abandona, el desvío por los canales hacia Amberes se cancela cuando el barómetro sube, y una conversación casual con un ingeniero de construcciones navales desvía la ruta hacia un canal interior que evita rodear la península de Jutlandia.
Esa desviación abre el episodio central. Antes de intentarla, los viajeros son recibidos en un puerto militar alemán de creación reciente, donde la burocracia de uniformes, plantones y órdenes escritas se describe con una atención casi antropológica: el temor al superior y el respeto a la disciplina grabados en cada movimiento mecánico. Visitan una fragata de instrucción para cañoneros, examinan piezas de artillería de los calibres en servicio y escuchan a oficiales que no ocultan los accidentes recientes ni las bajas. Después viene la ansiedad medida en centímetros: el yate resulta demasiado largo para las esclusas del canal, un telegrama confirma el veredicto adverso, y la respuesta es una obstinación declaradamente bretona —desmontar el bauprés y, si hace falta, cercenar el mascarón de proa.
Lo que sigue al paso de la primera esclusa es la parte más lírica del libro. El río, el más sinuoso que quepa imaginar, obliga a recorrer cincuenta kilómetros para avanzar veinticinco en línea recta; el paisaje se abre en praderas verdes, quintas de techo de paja y aldeas ocultas entre árboles, y luego se cierra en una bóveda de ramaje impenetrable al sol, donde las plantas acuáticas se retiran al paso del casco y las cigüeñas miran sin temor desde la copa de las hayas. Mientras el barco sube o baja con las aguas del depósito, los viajeros pasean por los caminos de sirga y se sientan ante mesas verdes de posada.
El piloto inglés, cuyos servicios ya no sirven de nada, permanece a bordo por un cálculo financiero que el narrador desmonta con evidente afecto: se ahorra el pasaje de vuelta, aprende francés en la cocina pelando zanahorias y ablandando bistecs, y ejerce de intérprete entre el cocinero y los proveedores de cada puerto. Es él quien sostiene el tono del conjunto: un libro donde el dato técnico, la observación geopolítica y la broma conviven sin estorbarse, y donde el mar del Norte se recorre tanto con el sextante como con la ironía. La edición incluye ilustraciones originales de la casa Hetzel y se publica en colaboración con sociedades dedicadas al estudio de la obra verniana.
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