En el salón de una lujosa residencia bogotana, cuatro amigos rodean después de la cena al poeta y hombre de mundo José Fernández, empujándolo a que retome la escritura y a que les lea las páginas de su diario íntimo.
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En el salón de una lujosa residencia bogotana, cuatro amigos rodean después de la cena al poeta y hombre de mundo José Fernández, empujándolo a que retome la escritura y a que les lea las páginas de su diario íntimo. La novela alterna la tertulia presente con la lectura de esas notas, en las que Fernández repasa sus viajes, sus lecturas y su obsesión por vivir cada experiencia con una intensidad casi enfermiza.
La acción se abre en el ambiente recargado de un gabinete decorado con tapices, panoplias, porcelanas y una calavera colocada junto a una estatua clásica, escenario que resume el gusto de su dueño, José Fernández: poeta prematuramente célebre que hace años no escribe un verso y que reparte su energía entre los negocios, la política, las expediciones arqueológicas, el coleccionismo de arte y una sucesión de amores. Reunidos a su alrededor, el médico Oscar Sáenz le reprocha con afecto esa dispersión y le insiste en que abandone los lujos y los excesos sensoriales que, a su juicio, ahogan su talento; el bonachón Juan Rovira prefiere celebrar la vida sin culpas ni sermones, y los recién llegados, Luis Cordovez y el enfermo Máximo Pérez, se suman al grupo pidiéndole, cada uno por su lado, que les lea algo inédito. Fernández se defiende con una idea distinta de la vocación artística: no cree merecer el nombre de poeta y sostiene que la verdadera obra consiste en agotar la experiencia —los sentidos, el lujo, la aventura, el conocimiento— antes que en encerrarse a pulir estrofas. Cediendo por fin a la insistencia de sus amigos, abre un volumen encuadernado en cuero negro con el emblema de tres hojas y una mariposa, y comienza a leerles una entrada de su diario escrita en París: una reflexión encendida sobre dos lecturas contrapuestas, el tratado del doctor Nordau que clasifica a los grandes artistas modernos como casos de degeneración, y el diario de la joven pintora rusa María Bashkirtseff, en cuya vida breve e intensa Fernández reconoce un espejo de su propia manera de entender el arte y la existencia. A partir de ese punto, la lectura se convierte en el hilo por el que la obra irá desplegando, a través de los propios cuadernos del protagonista, el retrato de un temperamento fin de siglo dividido entre la sed de belleza y el ansia de sensación pura.