Ocho relatos ambientados en Formosa, en el nordeste argentino, donde el calor, el monte y los ríos de la región funcionan como escenario y como presencia.
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Ocho relatos ambientados en Formosa, en el nordeste argentino, donde el calor, el monte y los ríos de la región funcionan como escenario y como presencia. Nadia Maricel Céspedes reúne en «De soles y vientos extraños» historias que arrancan en la vida cotidiana —una escuela rural, una estancia venida a menos, una tribu acorralada por el avance del Estado a fines del siglo XIX— y se deslizan sin aviso hacia el terreno de la creencia popular: luces malas, payés, promesas hechas a santos que la Iglesia no reconoce. El hilo que une las piezas es una tensión constante entre la explicación y el misterio, entre una modernidad que llega prometiendo respuestas y un fondo de tradiciones indígenas y criollas que se niega a desaparecer.
«De soles y vientos extraños» reúne ocho relatos —«Esa luz», «El río Bermejo», «El pacto primero», «El payé», «El entierro», «La morocha», «Antiguos miedos» y «San La Muerte»— que comparten un mismo territorio: Formosa, esa franja del nordeste argentino donde el sol castiga la tierra hasta cuartearla y el viento parece traer conversaciones ajenas. Nadia Maricel Céspedes no usa la provincia como simple telón de fondo. La construye como una zona de frontera, no tanto geográfica como perceptiva: el punto donde el saber heredado de las comunidades indígenas y el imaginario criollo conviven, se contradicen y a veces se confunden con lo que la razón está dispuesta a admitir.
El relato que abre el libro, «Esa luz», narra la obsesión de un niño de pueblo por dos cosas inalcanzables: una mansión francesa levantada en medio del campo y la hija del hombre que la habita. A esa fascinación se suma una tercera, más difícil de nombrar: un haz de luz que trepa por una de las columnas de la casa y arde sin quemar, y que solo él parece ver. La historia lo sigue durante décadas —la escuela rural del maestro Evaristo, la amistad con Daniel Herrera, un chico atraído por lo oculto, la beca, el título de médico, el regreso al pueblo convertido en ciudad— y va midiendo la distancia entre dos formas de leer el mismo fenómeno: la del que busca la fórmula mágica y la del que busca la explicación química. El desenlace no le da la razón del todo a ninguno.
«El río Bermejo» retrocede a 1890, cuando el gobierno nacional avanza sobre el territorio con el ferrocarril, los obrajes y las primeras misiones franciscanas. La voz es la de un chamán wichí que vive apartado, junto a un río que se seca en verano y desborda en invierno, y que observa a una muchacha toba en cuyo silencio intuye algo excepcional. Entre ambos se arma un vínculo prohibido por la enemistad de sus pueblos —el mismo que la vieja leyenda del río castigó con sangre— hasta que una sequía, una tormenta y la aparición de un desconocido de ojos claros cambian el curso de todo. El relato deja ver de cerca lo que el libro discute en general: la pérdida de una cosmovisión propia bajo el peso de un mundo nuevo que se presenta como el único verdadero.
La prosa de Céspedes es descriptiva y demorada, atenta al detalle material —el tipo de piedra, el color del agua, la textura de la ropa— y a la vez dispuesta a dejar sin resolver aquello que sus personajes no logran resolver. Los títulos restantes del volumen anticipan el mismo registro: pactos, amuletos, entierros, miedos antiguos y la figura de San La Muerte, esa devoción popular del litoral que sobrevive al margen de toda ortodoxia. Es un libro sobre lo que una región conserva cuando le piden que se modernice, y sobre las cosas que la modernidad, como advierte el propio prólogo, no siempre alcanza a entender ni explicar.
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