Con humor ácido y confesional, «De vuelta al mercado de la soltería» sigue a una repostera de cuarenta y un años que, frente al espejo y adornándose el pelo con flores, se prepara para otra boda y aprovecha el trayecto para hacer…
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Con humor ácido y confesional, «De vuelta al mercado de la soltería» sigue a una repostera de cuarenta y un años que, frente al espejo y adornándose el pelo con flores, se prepara para otra boda y aprovecha el trayecto para hacer inventario de su vida amorosa. Doce veces dama de honor en un solo año, dueña de un repertorio de respuestas para la pregunta «¿y tú por qué no te has casado?», la narradora repasa sin filtros sus primeros enamoramientos, sus fracasos laborales, la temporada en que tocó fondo y las reinvenciones que la trajeron hasta aquí. Una novela de voz en primera persona, escrita por Deiby Díaz H., que mezcla comedia costumbrista, franqueza sexual y una ternura que aparece justo donde la risa afloja.
Todo empieza ante un espejo. La narradora, repostera de cuarenta y un años, se acomoda flores en el cabello, comprueba que las cremas y los quince días de jugos verdes cumplieron su promesa y se enfunda en un vestido que ella misma cosió con las cortinas de su apartamento y la vieja máquina Singer heredada de su abuela. Va a una boda —otra más— y decide que será la última en la que aparezca como dama de honor. Desde esa antesala, entre la euforia y el inventario, arranca un relato que retrocede décadas para explicar cómo se llega a los cuarenta soltera, con oficio propio y con una lista larguísima de historias que contar.
El recorrido es un álbum de amores fallidos y aprendizajes torcidos. Está Tomasito, el vecino de ojos verdes con quien se casó a los diez años ante el único testigo disponible, el perro de la casa, y con quien planeó una fuga dentro de una maleta que terminó en desastre doméstico. Está Javier, el novio guapo de los quince que no supo esperar y dejó embarazada a su mejor amiga. Está el refugio en los postres y el sobrepeso que vino con él, hasta que un incendio en la cocina materna —culpa de un recipiente metálico en el microondas— le revela su vocación: si no puedes con el enemigo, apréndele los secretos. Está Carlos, el profesor de repostería con quien cambió las clases de guitarra por meses de sexo sin promesas, y están los intentos posteriores que no cuajaron, contados con una franqueza anatómica que la autora no suaviza.
El centro emocional del libro llega cuando la protagonista deja su ciudad para conquistar la capital y la capital le responde con veinticinco días de búsqueda infructuosa, hambre y una noche junto al contenedor de un restaurante chino. Ahí aparece Zhao, el mesero que le acerca una bebida y un empleo, y con él una relación de dos años marcada por la oposición de una abuela que la considera una intrusa en su linaje, por un apartamento donde cada objeto pertenece a otro y por la lenta constatación de que la gratitud puede disfrazarse de amor durante mucho tiempo. La ruptura —humillante, cómica, definitiva— la deja con una gata, la máquina de coser recuperada y un apartamento pintado de azul cielo donde por primera vez manda ella.
De ahí en adelante la novela se vuelve una crónica de reconstrucción: un empleo comercial que fracasa, un restaurante francés donde el chef Jean Pierre insiste en que un postre no se prepara, se siente, y el desafío privado de replicar el cheesecake con salsa de frutos rojos con el que su madre la consolaba de niña. La preparación de ese postre, contada paso a paso, sirve de hilo para una tarde en la que también caben un refresco de frambuesa derramado por un desconocido en overol, un apodo que enfurece, una floristería que abre en el primer piso del edificio y dos botellas de vino con la vecina Claritza. La voz narrativa sostiene el conjunto: irreverente con el cuerpo, con la maternidad, con los cuentos de princesas y con los rituales del matrimonio, pero atenta a la herida que hay debajo de cada chiste. Dedicada a la memoria de una tía, la obra combina humor adulto, sexualidad explícita y una mirada afectuosa sobre las mujeres que aprenden a habitar solas su propio espacio.
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