Un estudiante de Filología de la Complutense, todavía en duelo por la muerte de su madre, termina de madrugada un trabajo sobre la muerte y recibe, en una biblioteca vacía, la visita de un hombre de bombín y bastón que le apoya una guadaña…
Descargar
Un estudiante de Filología de la Complutense, todavía en duelo por la muerte de su madre, termina de madrugada un trabajo sobre la muerte y recibe, en una biblioteca vacía, la visita de un hombre de bombín y bastón que le apoya una guadaña en el cuello y lo nombra su recolector. Entre el luto, los bares de barrio y un Madrid castigado por la crisis, esta novela de fantasía oscura arranca en el punto exacto en el que el dolor privado se convierte en oficio sobrenatural.
La obra se abre con una voz que no es humana. Quien narra el prólogo pertenece a una estirpe de cazadores de ánimas: criaturas cuya función en la rueda de la vida consiste en dar muerte al cuerpo físico, arrebatar la esencia y devolver la energía espiritual al comienzo del proceso, para que vuelva a formar un alma que algún día será capturada de nuevo. Su naturaleza es plural —cada uno de ellos alberga incontables almas adheridas a la propia—, de modo que cualquier herida se multiplica hasta el infinito. Desde esa perspectiva, el narrador recuerda el día en que asistió al alarido de un semejante que sostenía entre los brazos a la mujer que amaba, y cómo aquel dolor se transformó de inmediato en odio. Esa venganza, tomada por un ser embriagado por la ira, fue —anuncia— el principio del fin del ciclo de la vida.
Del plano mítico el relato desciende a un Madrid reconocible. Daniel es estudiante del Grado en Español: Lengua y Literatura en la Universidad Complutense, un joven de imaginación desbordada y pereza confesa, alérgico a los relojes y a los teléfonos, que ha ido dejando para el último día un ensayo sobre la muerte. Escribe con soltura sobre el miedo al final y sobre la sospecha de que ninguna fe resiste el momento en que la muerte se lleva a alguien amado, pero cada línea le remueve una herida reciente: hace apenas seis meses perdió a su madre, una mujer castigada por la depresión, el alcohol y los trastornos alimenticios, tras un desenlace que él llevaba años temiendo y para el que, pese a todo, no estaba preparado.
Ensimismado, no advierte que la biblioteca se ha vaciado y que el silencio se ha vuelto anormal. Entonces entra un hombre trajeado a la manera del siglo XIX, con bombín y bastón, cuyos ojos oscuros concentran toda la amenaza de su rostro anodino. Dice llevar mucho tiempo observando la evolución de su ánima, habla de la oscuridad que Daniel guarda dentro y que nadie a su alrededor comprende, y respalda sus palabras posando el filo de una guadaña sobre su cuello. Antes de desvanecerse en el aire, le deja el arma sobre las piernas y le anuncia su destino: será su recolector. La escena se corta con un golpe en el hombro —una bibliotecaria y la hora de cierre—, y Daniel sale a la calle sin poder recordar lo ocurrido, con un malestar físico extraño y la certeza incómoda de que algo se le escapa.
El segundo capítulo baja aún más el tono, hasta el naturalismo de barrio. En el Atenea, un local lúgubre y semivacío cerca de la Avenida de América, Daniel se reúne con David, aspirante a periodista atrapado en una relación que lo consume, y ambos ordeñan sus respectivas miserias entre copas y refrescos: la novia que manipula y engaña, la ex que sabía leer a Daniel por dentro sin dejarse leer jamás, el paro, los recortes, la parálisis de una generación que sabe que todo debería cambiar y no se mueve. Sobre el hijo de una madre alcohólica que pasa las noches en un bar pesa una ironía que él mismo se encarga de señalar.
El libro alterna así dos registros que se tensan entre sí: la digresión ensayística —sobre la muerte, la fe, la embriaguez, la crueldad de la especie— y la escena cotidiana de amistad, desamor y precariedad, con lo sobrenatural filtrándose por las grietas. Dedicado a un amor y a una madre que se fue sin ser feliz, es un arranque de fantasía oscura de prosa densa y vocabulario deliberadamente arcaizante, donde el duelo no es telón de fondo sino la puerta por la que entra lo terrible.