Testimonio de Mónica Soto Salmón sobre la vida y la muerte de su madre, atravesado por el cáncer y por la memoria de tres generaciones de mujeres.
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Testimonio de Mónica Soto Salmón sobre la vida y la muerte de su madre, atravesado por el cáncer y por la memoria de tres generaciones de mujeres. La obra reconstruye la historia de Ruth, la abuela rusa que huyó de la revolución y eligió el amor por encima de una herencia, y la de su hija Mónica, nacida contra el pronóstico de los médicos. Con prólogo del Dr. Juan Ramón de la Fuente, el libro rompe el silencio que rodea la enfermedad y el duelo, y ofrece además una guía práctica y afectiva para quienes acompañan a un enfermo.
Hay libros que nacen de una promesa. Este empieza con una hija que no logra aceptar que su madre murió: no concibe no poder tocarla, no poder llamarla, no poder contarle el día a día. Escribir es, para ella, el modo de averiguar si al final del último capítulo entenderá la pérdida.
De esa imposibilidad surge una genealogía. Primero Ruth, la abuela: nacida en Moscú en 1927, cuarta de los hermanos Miahanovich, arrancada de su país por la revolución cuando tenía cinco años. La familia cambió de pasaporte en El Salvador, cambió de apellido, aprendió español y terminó en México mientras esperaba las visas para Nueva York. Ruth nunca llegó a ese destino: a los diecisiete descubrió que su corazón pertenecía a este país, y a los dieciocho huyó a Acapulco con un hombre de piel morena, renunciando a la herencia y al marido millonario que su madre le había elegido. Fue un matrimonio de cinco décadas, con infidelidades, rupturas y regresos, y con un secreto sostenido durante años: el cardiólogo que vigiló sus arritmias también le escribía poemas y le juró que, cuando su corazón se detuviera, el de él se detendría junto al suyo.
Dentro de ese corazón enfermo late después otro. Contra la recomendación médica de interrumpir el embarazo, Ruth decide tener a Mónica: aprende yoga, controla su respiración y da a luz una niña sana. Es la madre de la autora, y su vida queda marcada desde antes de nacer por debates clínicos sobre si viviría o no.
La segunda mitad del libro cambia de registro. La autora ordena lo que aprendió acompañando a su madre: cómo se recibe un diagnóstico, qué hacer después, cómo leer la terminología clínica, qué tratamientos existen y qué efectos secundarios traen, cómo cuidar la alimentación. Y junto a lo práctico, lo que casi nunca se nombra: la ira, la culpa, la soledad, la depresión, la negación, la esperanza que se pierde y vuelve. También aparecen las Personas de Apoyo, esas figuras que viven en silencio al lado del enfermo.
El título de todo esto lo puso la propia madre, que llamaba al cáncer la Enfermedad del Amor porque despertaba, decía, la fibra más sublime de las personas. Escrito con franqueza y sin consuelos fáciles, el libro convierte una vivencia individual en un trayecto compartido: la prueba de que hablar del dolor es la única forma de no dejar que queme por dentro.
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