Frente a un tramo desierto de la costa del África austral, dos hermanos ingleses intentan alcanzar un punto exacto del fondo marino cuyas coordenadas les legó su abuelo.
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Frente a un tramo desierto de la costa del África austral, dos hermanos ingleses intentan alcanzar un punto exacto del fondo marino cuyas coordenadas les legó su abuelo. Cuando el sabotaje de sus escafandras frustra la inmersión, comprenden que alguien más conoce el secreto y les lleva ventaja. «Debajo del mar», de Henri de La Blanchère, combina la novela de aventuras con la crónica naturalista para narrar una carrera silenciosa entre rivales por una riqueza enterrada bajo quinientos metros de agua.
La acción se abre en una bahía anónima entre el estuario del Gariep y el río de Santa Cruz, en una meseta calcinada donde no crece un árbol capaz de dar sombra y donde la única vegetación notable es el tumbó, ese vegetal sin tronco de dos hojas perpetuas que se arrastran por la arena. A esa costa llegan ocho hombres: cuatro namacueses cargando una chalupa, dos cafres con un aparato que parece una bomba de incendios y, cerrando la marcha, dos jóvenes británicos, Jacobo y Samuel. No han venido a cazar elefantes, como declararon en Ciudad del Cabo. Han venido a verificar un punto geográfico —latitud y longitud calculadas por su abuelo— y a bajar hasta él.
El montaje del descenso está descrito con la minucia de un manual: jalones, escuadra de anteojos, cables medidos al centímetro, bombas de aire accionadas a brazo, un traje de caucho reforzado con aros de aluminio dorado para resistir decenas de atmósferas. La suerte decide quién baja. Pero apenas se sumerge, el buzo emerge asfixiándose: la válvula del distribuidor ha sido forzada. La segunda escafandra presenta idéntica avería. En pleno desierto, la reparación es imposible, y el mayor de los hermanos pronuncia un nombre —Anson— mientras, sobre el promontorio del sur, dos rostros ocultos bajo una hoja de tumbó los ven marcharse.
Tres días después, el relato cambia de bando. Un blanco y un negro se deslizan por las dunas al amanecer, montan su propio equipo sobre la misma línea de jalones y ejecutan la inmersión que los ingleses no pudieron. El descenso constituye el corazón del libro: la luz solar que vira al rojo con la profundidad, praderas de anémonas que se cierran al paso, madréporas, milésporas y estrellas de mar crujiendo bajo suelas de plomo, bosques de algas gigantes recorridos por holocentros y pentáceros. Al fondo aparece el cascalho —la grava arcillosa con guijarros de cuarzo y hierro oligista— y, entre ella, unos puntos translúcidos que el buzo recoge con manos temblorosas y guarda en un saco de cuero. La codicia le roba minutos, el aire escasea, y el regreso lo enfrenta a un pulpo apostado en la pared rocosa que debe escalar. Cuarenta y siete minutos bajo el agua separan la fortuna de la asfixia.
Un tercer movimiento retrocede al 19 de septiembre de 1870 para explicar cómo llegaron unos y otros: el desembarco de los hermanos en Ciudad del Cabo con sus cajas pesadas y su coartada cinegética, la compra metódica de vagones, bueyes y provisiones, y, cinco días más tarde, la llegada del joven norteamericano de gesto severo a quien espera Noboka, un negro atlético y sagaz que ha dejado todo dispuesto. «Los alcanzaremos», dice el recién llegado. Y en efecto, poco después dos sombras avanzan de noche en fila india, pisando cada una la huella de la otra, hacia el campamento inglés protegido por hogueras y perros.
Más que una trama de misterio, De La Blanchère construye un duelo de precisión: dos partidas que persiguen el mismo punto del mapa, cada una convencida de que la ventaja está en el aparato, en el cálculo o en el sigilo. El interés del libro reside tanto en esa rivalidad como en su vocación divulgativa —la botánica del welwitschia, la fisiología de la presión, el inventario del fondo marino— y en su condición de documento de época: la mirada colonial sobre namacueses, cafres y hotentotes, así como la fascinación decimonónica por la técnica que promete abrir al hombre el último territorio inexplorado del planeta.