Una crónica biográfica que reconstruye el episodio más controvertido de la vida de Elena Garro: los días de octubre de 1968 en que, escondida en un departamento del centro de la Ciudad de México y señalada por la prensa como instigadora…
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Una crónica biográfica que reconstruye el episodio más controvertido de la vida de Elena Garro: los días de octubre de 1968 en que, escondida en un departamento del centro de la Ciudad de México y señalada por la prensa como instigadora del Movimiento Estudiantil, respondió con unas declaraciones que la convirtieron para siempre en sinónimo de delación. El relato alterna ese vértigo con la infancia en Iguala y la formación de una de las voces más singulares de la literatura mexicana del siglo XX.
La mañana del domingo 6 de octubre de 1968, cuatro días después de la matanza en la Plaza de las Tres Culturas, un fajo de periódicos cae sobre el catre donde duermen Elena Garro y su hija. En las primeras planas está su nombre: un dirigente estudiantil preso acaba de acusarla, junto con el político Carlos Madrazo, de haber conspirado contra el gobierno. Tiene 51 años, un Premio Xavier Villaurrutia por Los recuerdos del porvenir, una obra de teatro y de cuento que ya la distinguen entre sus contemporáneos, y ningún lugar adonde ir. Este libro comienza ahí, en la cocina prestada de una pensión para zapateros y sastres españoles, con dos mujeres rubias tiñéndose el pelo de negro para huir por la puerta trasera.
De esa habitación sórdida arranca una reconstrucción minuciosa de las semanas en que Garro pasó de acusada a acusadora. La improvisada rueda de prensa que convocó para defenderse terminó en una frase que ningún desmentido posterior alcanzó a corregir: la culpa era de los intelectuales. Al día siguiente los diarios multiplicaron la declaración hasta convertirla en una lista de quinientos nombres que ella juró no haber pronunciado. Vinieron después el resguardo forzado en un hotel a espaldas de la policía secreta, los interrogatorios, las alucinaciones compartidas por madre e hija, las ofertas de una casa en Cuernavaca a cambio de una acusación conveniente, y el desprecio de una comunidad literaria que le adjudicó el papel de traidora.
El relato no se queda en 1968. Retrocede al nacimiento accidental en Puebla, en 1916, de una madre que desembarcó en Veracruz con nueve meses de embarazo, y a la casa de Iguala donde un padre ocultista y una biblioteca de clásicos sustituyeron a la escuela. Ahí se formaron el jardín, las hogueras y la noción de un tiempo finito, aprendida de campesinos e indígenas, que después alimentarían su literatura entera. La escritora que buscó toda su vida recuperar aquel orden solar es la misma que, décadas más tarde, repasaría una y otra vez una tarde de otoño en una silla de madera rodeada de reporteros.
El libro se apoya en la hemerografía de la época, en informes desclasificados de inteligencia, en entrevistas y en los apuntes de la propia Garro, y no oculta las contradicciones: cada escena tiene al menos dos versiones y ninguna resulta definitiva. Tampoco elude el modo en que la sátira y la crítica de entonces subrayaron que quien hablaba era una mujer, ni la paradoja de una autora que se burlaba del feminismo mientras escribía obras pioneras sobre la violencia contra las mujeres.
Más que una absolución o una condena, lo que se ofrece es un retrato del miedo como atmósfera y del rumor como maquinaria: un país donde el poder podía convertir a alguien en culpable con una conferencia de prensa, y donde una escritora brillante, imprudente y aterrada quedó atrapada entre la versión que dio y la que le atribuyeron.
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