En una pequeña ciudad balnearia, un joven investigador llega para documentar unas excavaciones arqueológicas en un antiguo castro romano y termina atrapado entre dos pasados que se superponen: el de una singular arqueóloga francesa que…
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En una pequeña ciudad balnearia, un joven investigador llega para documentar unas excavaciones arqueológicas en un antiguo castro romano y termina atrapado entre dos pasados que se superponen: el de una singular arqueóloga francesa que removió aquellas ruinas en 1932, reconstruido a través de seis monografías locales llenas de rencores y admiraciones cruzadas, y el de una fosa común recién descubierta cuyos huesos apuntan a fusilamientos de la época comunista. Mientras un policía obsesivo persigue culpables y el pueblo entero organiza el entierro burlesco de un candidato a alcalde derrotado, el narrador busca respuestas en una biblioteca polvorienta y en las veladas nocturnas de su casera, que le cuenta sueños poblados por un galán imaginario. La novela entrelaza humor, memoria colectiva y violencia histórica en un friso coral sobre cómo una comunidad entera fabula, distorsiona y disputa su propio pasado.
La historia arranca con el hallazgo, por parte de un narrador anónimo, de seis monografías municipales redactadas por igual número de vecinos ilustres —un maestro, un abogado, dos monjes, un veterinario y un jefe de estación— empeñados cada uno en fijar por escrito el origen y las glorias de su ciudad. Todas coinciden en un episodio: la campaña arqueológica de 1932 que sacó a la luz los restos del castro romano, y todas se detienen, con curiosidad o escándalo apenas disimulado, en la figura de la arqueóloga que la dirigió, una mujer extranjera de costumbres libres que trastornó las convenciones locales. El narrador, instalado en casa de una anciana llamada Paulina mientras sigue de cerca unas nuevas excavaciones, revisa esos documentos en la biblioteca pública, entre el acoso de una bibliotecaria tan hostil como necesitada de compañía y el interés creciente por otro hallazgo, mucho más inquietante: decenas de esqueletos que aparecen junto a las ruinas romanas y que enseguida se interpretan como víctimas de ejecuciones sumarias de mediados de siglo. Un mayor de policía, convertido en protagonista mediático, promete esclarecer el crimen entre entrevistas y golpes de pecho, mientras un forense escéptico introduce dudas incómodas sobre la versión oficial y periodistas, antiguos presos políticos y vecinos disputan el sentido de aquellos huesos. En paralelo, la vida cotidiana del pueblo sigue su curso grotesco y tierno: una comitiva estrafalaria —con carroza fúnebre alquilada, banda de música desafinada y un muñeco de trapo dentro del ataúd— celebra el entierro simbólico de un profesor de biología que perdió unas elecciones a la alcaldía, y un joven llamado Luci, tocador de bombo con alma de músico clásico, aporta la única nota de gravedad genuina a la farsa. Por las noches, el narrador escucha a su casera relatar sueños recurrentes en los que un caballero de otra época la corteja en paseos de una ciudad que nunca existió, un contrapunto íntimo y nostálgico a la violencia que empieza a aflorar bajo tierra. La novela avanza así en capítulos que alternan registros —la crónica erudita y ridícula de los cronistas locales, el reportaje periodístico sobre la fosa común, la comedia del funeral simulado, la ensoñación doméstica de las noches con Paulina— para componer un retrato coral de una comunidad que no termina de reconciliarse ni con su pasado remoto ni con el más reciente, y que prefiere, muchas veces, la fabulación y el chisme a la verdad incómoda.