En un pueblo pequeño donde la llegada de un carruaje basta para ocupar toda una tarde, dos hermanas huérfanas, Hester y Margaret Ibbotson, se instalan por unos meses en casa de un pariente lejano mientras se aclaran las cuentas que su…
Descargar
En un pueblo pequeño donde la llegada de un carruaje basta para ocupar toda una tarde, dos hermanas huérfanas, Hester y Margaret Ibbotson, se instalan por unos meses en casa de un pariente lejano mientras se aclaran las cuentas que su padre dejó sin cerrar. Lo que para ellas es un verano prestado —paseos por los bosques, la promesa de excursiones, la certeza de que solo se tienen la una a la otra— es, para Deerbrook, material fresco de conversación. Bastan unas horas de té y una visita profesional del médico del pueblo para que la especulación matrimonial eche a andar en voz alta, y para que las rivalidades entre familias vecinas encuentren un objeto nuevo sobre el que medirse.
Deerbrook es uno de esos lugares que el viajero mira desde el carruaje y decide, sin conocerlo, que allí sería feliz: casas blancas, setos, un parque magnífico que ordena todas las vistas. La obra empieza justamente ahí, en la distancia entre el paisaje que promete sosiego y la vida interior de quienes lo habitan, donde el ocio no produce paz sino atención minuciosa a los demás.
En la casa más hermosa del pueblo, la de los Grey, se espera la llegada de dos primas lejanas. Hester y Margaret Ibbotson han perdido a su madre hace años y a su padre hace poco; vienen de Birmingham con la intención de volver, porque allí están sus amistades y porque calculan que en su ciudad natal podrán vivir con menos. Llegan, pues, como quien viene a pasar el verano, sin saber todavía de cuánto dispondrán ni qué forma tendrá su vida después.
La casa las recibe con una hospitalidad hecha de detalles domésticos y de información sobre los vecinos. La señora Grey administra ambas cosas con igual diligencia: presenta el pueblo, sus clérigos, su club de lectura, sus maestras de escuela, y presenta también los agravios —sobre todo los que la enfrentan a la señora Rowland, esposa del socio de su marido, con quien comparte seto, negocio y una competencia sostenida que se libra en el terreno de la cortesía. Sophia, la hija mayor, teme el trato con las recién llegadas y se refugia en enseñarles las vistas; los niños, entre muñecas, estanques improvisados y lecciones con la institutriz, filtran hacia los adultos lo que oyen al otro lado de la casa vecina.
Esa misma noche aparece el señor Hope, el médico, traído al pueblo por el señor Grey y querido por todos: no es guapo, pero tiene el don de volver más luminosa la habitación en la que entra, y la costumbre de cubrir de dibujos cualquier papel en blanco. Se queda un cuarto de hora, traza itinerarios y distancias para las visitantes, y se marcha. Es suficiente. Antes de que se apaguen las lámparas, la señora Grey ya ha dicho en voz alta lo que todos habían pensado en silencio, y su marido le advierte, sin dramatismo, de lo que una palabra o dos pueden llegar a provocar.
Mientras tanto, en su habitación y con la ventana abierta a la luz de la luna, las hermanas hablan de otra cosa. Hester confiesa que hacía mucho que no era tan feliz, y también que tiene un temperamento celoso que la lleva a ser injusta con lo que más quiere. Margaret le pide un pacto: decirse todo, advertirse a tiempo, no dejar que una sombra crezca entre ellas. Es una escena de ternura y de presagio, y en ella se cifra buena parte de lo que la obra viene a examinar.
El resultado es un retrato de la vida de provincias observado con ironía tranquila y sin crueldad: la murmuración como forma de sociabilidad, las alianzas y agravios entre vecinos, la manera en que un rumor mal visto desde una ventana se convierte en verdad doméstica, y la fragilidad de dos mujeres jóvenes cuyo futuro depende tanto de unos documentos por resolver como de lo que el pueblo decida decir sobre ellas. La casa blanca con vistas al parque sigue siendo hermosa; la novela se ocupa de lo que ocurre dentro.