Nueva York, 1986. June Elbus tiene catorce años y un tío al que quiere más de lo que sabe nombrar. Mientras Finn pinta el retrato de June y su hermana Greta, la enfermedad avanza y el sida se cuela en las conversaciones de la familia como…
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Nueva York, 1986. June Elbus tiene catorce años y un tío al que quiere más de lo que sabe nombrar. Mientras Finn pinta el retrato de June y su hermana Greta, la enfermedad avanza y el sida se cuela en las conversaciones de la familia como una palabra que se escribe con el dedo sobre la mesa y luego se borra. Una novela sobre el duelo, los celos entre hermanas y los afectos que no caben en ninguna categoría.
Todo empieza con un encargo que parece inofensivo: un tío pide a sus dos sobrinas que posen para un retrato. La madre de las chicas se resiste —le parece macabro, dice—, hasta que su hermano le recuerda, con una frase de tres palabras, que a él sí que no le sobra el tiempo. Es diciembre de 1986, la familia vive en Westchester y los domingos se convierten en una peregrinación por la carretera del Hudson hasta un piso de Manhattan con ventanales grandes y olor a lavanda y naranja.
June, la narradora, tiene catorce años y una manera muy suya de estar en el mundo: observa a la gente desde el asiento trasero del coche, se escapa al bosque con un vestido antiguo y unas botas de ante para imaginar que vive en la Edad Media, y guarda el Réquiem de Mozart como un secreto compartido con su tío Finn. Él la llama «cocodrilo» y le ha enseñado casi todo lo que le importa: los museos, el arte medieval, la manera de difuminar un dibujo con la yema del dedo. Para June, el retrato no es un cuadro: es una excusa para que esos domingos existan, y cuanto más tarde en terminarse, mejor.
Alrededor de esa intimidad se tensa todo lo demás. Greta, dos años mayor, brillante en el escenario del instituto y afilada en casa, sabe exactamente dónde clavar la aguja: agita una rama de muérdago sobre las cabezas de June y Finn y espera a ver qué hace su hermana, si el miedo al contagio puede más que el cariño. La madre se refugia en la cocina, ordena armarios ajenos y evita mirar el lienzo, como si en la pintura hubiera algo más antiguo y más doloroso que la enfermedad. Y el padre, sencillamente, se mantiene fuera.
Cuando el tiempo se acaba —porque se acaba—, aparece una voz desconocida al otro lado del teléfono, con acento inglés y una disculpa por delante, que conoce el nombre de June y que pertenece a una parte de la vida de Finn que la familia ha decidido no nombrar. En el aparcamiento de la funeraria hay un hombre solo, sentado en un murete, al que nadie quiere señalar. Ahí es donde el duelo deja de ser una despedida ordenada y se convierte en una pregunta incómoda: de quién era Finn en realidad, y a quién le corresponde llorarlo.
Escrita con la voz de una adolescente que se niega a maquillar lo que siente —incluso cuando lo que siente le parece impronunciable—, esta es una historia sobre el amor que no encaja en las palabras disponibles, sobre el miedo que una época entera proyectó sobre una enfermedad, y sobre dos hermanas que aprenden que el rencor y la ternura pueden ocupar el mismo cuerpo. El retrato que queda, envuelto en una bolsa de basura sobre la mesa de la cocina, es a la vez herencia, prueba y acertijo.
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