Cuatro amigos de veintitrés años se reúnen en el peor kebab de la ciudad para escuchar una propuesta absurda: atracar un banco pequeño. La idea nació en la presentación de un novelista de éxito que declaró que robar un banco era la única…
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Cuatro amigos de veintitrés años se reúnen en el peor kebab de la ciudad para escuchar una propuesta absurda: atracar un banco pequeño. La idea nació en la presentación de un novelista de éxito que declaró que robar un banco era la única reacción lógica ante la crisis. Entre deudas, desahucios, hospitales y adicciones, la broma empieza a parecer un plan. Una novela coral sobre la precariedad, la amistad y las ideas equivocadas que se contagian como un parásito.
Pablo asiste a la presentación del último libro de Víctor Bastida, un escritor engolado y millonario que abre su discurso citando a Dickens: hay hombres que parecen tener una sola idea, y es una lástima que sea equivocada. Bastida sostiene que las ideas no se inventan, se desentierran; las buenas yacen a kilómetros de profundidad y en la superficie solo hay basura erosionada esperando a que alguien mediocre la recoja. Al final de la charla suelta la frase que decidirá el resto de la historia: en un país de estafados y desahuciados, atracar un banco le parece la única reacción lógica.
Pablo se lleva esa frase a casa como quien se lleva una infección. Días después convoca a Leo, Jorge y Ángela en un restaurante turco medio vacío para proponerles el asalto al Ítaca, una entidad pequeña y mal vigilada. La reacción es la esperable: Leo, que pasará la noche velando a su padre moribundo, estalla; Jorge, amenazado de desahucio junto a su familia, prefiere mirar desde la barrera y comerse el kebab en paz; Ángela, llegada desde Valencia más delgada y más rota que la última vez, es la única que dice que sí. Los cuatro arrastran las consecuencias de una paliza colectiva a un hombre que jugó sucio con Pablo y que, con dinero e influencias, los dejó cargando una indemnización imposible. Justicia poética, dice Ángela; injusticia poética, corrige Pablo.
La novela alterna esa deriva íntima con la reconstrucción del pasado de Ángela —una relación de dominación disfrazada de terapia, la bulimia, las deudas con camellos— y con un submundo criminal que avanza en paralelo: Néstor Sangalli, mano derecha del capo Liberatore, recibe en el reservado de un club el encargo de frenar a Miriam Saavedra, una traficante que llegó al poder desmontando a su propio hermano y que convierte cualquier ajuste de cuentas en una carnicería. Dos líneas que aún no se tocan y que el lector intuye destinadas a chocar.
Con diálogo rápido y afilado, humor negro y una mirada sin coartadas sobre la crisis, el relato observa cómo una idea de las que flotan en la superficie —vieja, prestada, torcida— prende en quienes no tienen nada que perder y se vuelve el parásito más resistente de todos.