Un detective con lengua afilada y pocos escrúpulos institucionales acepta un encargo sencillo: descubrir quién amenaza de muerte al dueño de una fábrica de juguetes.
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Un detective con lengua afilada y pocos escrúpulos institucionales acepta un encargo sencillo: descubrir quién amenaza de muerte al dueño de una fábrica de juguetes. Se infiltra como operario en la línea de empaquetado, tres semanas antes de un despido masivo, y lo que encuentra no es un culpable sino un sistema. Primera entrega de la serie Andrés Malasangre, esta novela negra combina intriga laboral, sátira social y una voz narrativa corrosiva.
Andrés Malasangre trabaja para un jefe al que llama «el viejo», un hombre de formas rígidas con quien lo une un secreto que ninguno de los dos nombra y una hostilidad que ambos practican como deporte. El encargo que le cae encima parece rutinario: un empresario ha recibido una carta amenazante y quiere saber de quién partió. Ninguno de los sospechosos tiene antecedentes; el móvil, en cambio, sobra, porque en tres semanas la fábrica despedirá a buena parte de su plantilla fija.
Para averiguarlo, Malasangre entra como empleado raso en la sección de empaquetado: revisar juguetes defectuosos a un ritmo que no deja levantar la vista. Desde ese puesto observa el paisaje humano del lugar —Pascual, el veterano bondadoso que ha convertido la resignación en virtud; Jonny, el licenciado con ironía de superviviente; un jefe de personal enamorado de su propio bigote; y Sonia, la supervisora, hija del dueño, que le descoloca la brújula— y va tomando la medida de un engranaje donde las secciones se desprecian entre sí, los contratos en prácticas se renuevan como piezas fungibles y la sirena ordena la vida igual que en un cuartel.
El caso avanza menos como una investigación que como una autopsia. Cada conversación en el descanso del almuerzo destapa algo que el cliente preferiría no ver, y el detective, que no comparte ni la moral de quien le paga ni la mansedumbre de quienes lo rodean, empieza a inclinar los acontecimientos en una dirección propia. Porque Malasangre funciona según una regla simple: se sabe quién le paga, pero nunca para quién trabaja.
Narrada en primera persona, con humor negro, digresiones mordaces y una mirada sin piedad sobre el trabajo, el consumo y la obediencia, Delirium tremens abre la serie protagonizada por este detective usando el molde del género para practicarle un corte limpio a la vida contemporánea.