En La Línea de la Concepción, un contrabandista brillante y herido y una subinspectora de policía recién degradada se cruzan en una ciudad fronteriza donde nadie es del todo inocente.
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En La Línea de la Concepción, un contrabandista brillante y herido y una subinspectora de policía recién degradada se cruzan en una ciudad fronteriza donde nadie es del todo inocente. «Demonios de un villano», de David Luque, narra el ascenso de Alexander Varela desde el tabaco hasta ambiciones mucho más peligrosas, y el romance intenso y oscuro que amenaza con salvarlo o destruirlo.
Una persecución nocturna por el paseo marítimo de la Atunara abre esta novela y fija su tono: dos primos huyendo con el rostro cubierto, un coche patrulla saltándose todas las señales y un accidente que no fue casualidad. Así se presenta Alexander Varela, veintiocho años, contrabandista, estratega meticuloso que siempre guarda un as en la manga y que reserva su ternura para la poca familia que le queda: su primo Fernando, la mujer de este, Elisa, y el pequeño Hugo.
La acción se sitúa en La Línea de la Concepción, en el Campo de Gibraltar, y el escenario no es decorativo: la frontera con el Peñón, los quince kilómetros de mar hasta Marruecos, el paro, los millones que mueve el tabaco y la guerra permanente entre policías y contrabandistas. En ese mapa, Varela decide que las migajas no le bastan. Quiere dejar atrás a su jefe actual, consolidar el negocio del hachís —una iglesia convertida en almacén, un párroco que acepta billetes sin mirar— y dar el salto a la cocaína. Su primo se lo advierte con la imagen que sobrevuela todo el libro: a quien vuela demasiado cerca del sol se le queman las alas.
En paralelo llega a la ciudad Pamela Ortiz, veintiséis años, antigua inspectora jefa en Torrejón de Ardoz degradada a subinspectora y destinada al que llaman uno de los pueblos más conflictivos de España. Viaja en tren con dos maletas, un hermano inspector que la espera con demasiadas preguntas y, en la cartera, la ecografía de un embarazo que ya no existe. Dice no sentir nada por nadie; quema la fotografía de un hombre y se aferra al trabajo como a un salvavidas. Cuando el encuentro se produce —primero junto a un quiosco frente a los columpios, luego en el pub que él regenta como tapadera— la atracción es inmediata y la ironía, total: ella no sabe a quién está mirando.
El prólogo, firmado por Ana Ramos Montes de Oca, advierte al lector de las reglas del juego: aquí no hay héroe, doncella ni villano nítidos, sino personajes grises como el Yin y el Yang, y una leyenda oriental sobre dos lobos que resume la apuesta moral del relato: gana el que decidas alimentar. Sobre esa premisa, la novela avanza como un tren con estaciones —el pasado que atormenta a Varela, la sombra de un jefe caído al agua que podría no estar muerto, el duelo por un abuelo que hizo de padre, una ruptura que dejó rabia donde había amor, la tentación de la venganza que Elisa nombra como veneno— hasta desembocar en la palabra que cierra el libro: resiliencia.
Estructurada en dos partes, con un capítulo especial de bisagra y un epílogo, la obra combina el pulso del thriller de contrabando con una historia de amor a contracorriente y una exploración del deterioro emocional de su protagonista. El autor no absuelve a nadie ni pide que se le absuelva: deja las decisiones a la vista y sus consecuencias también.
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