En Manhattan, la doctora Madison Abbott descubre que el hombre con el que lleva meses viéndose tiene esposa, y decide encararlo en la habitación de hospital donde se recupera de un accidente.
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En Manhattan, la doctora Madison Abbott descubre que el hombre con el que lleva meses viéndose tiene esposa, y decide encararlo en la habitación de hospital donde se recupera de un accidente. A pocas manzanas de allí, Derek acaba de echar de su casa a una mujer por sospechar que husmeaba su móvil: una desconfianza que su hermana Brooke identifica como obsesión y que hunde sus raíces en una tarde de verano de hace diecinueve años, cuando siendo niño vio desde un escondite algo que todos llamaron accidente y él sabe que no lo fue. Dos vidas marcadas por mentiras ajenas y por un secreto guardado demasiado tiempo, que empiezan a acercarse justo cuando una llamada de auxilio arrastra a Madison de vuelta al pasado que creía cerrado.
Madison Abbott es médica en el hospital Mount Sinai, vive en East Harlem y tiene una relación tirante con la gravedad: tropieza con esponjas, con grietas del suelo, con lo que se le ponga delante. Se ríe de su propia torpeza con la misma naturalidad con que evita los dramas, hasta que una llamada de su hermano Peter le cambia el suelo de sitio. Una amiga enfermera ha visto a Trevor, el hombre con el que lleva tres meses quedando los jueves y algún sábado, ingresado tras un accidente de coche y acompañado por su mujer. La agenda imposible, los viajes de trabajo, el tiempo que nunca alcanzaba: todo encaja de golpe con una crueldad casi limpia.
En lugar de encerrarse a rumiar, Madison se arregla, se mira dos veces en el espejo y se planta en la habitación 232. Lo que ocurre allí —una escena breve, afilada, con la esposa entrando por la puerta en el peor momento posible— la deja con un sabor que no esperaba: no el de la venganza satisfecha, sino el de haber alcanzado a alguien que no tenía culpa de nada. La palabra que Trevor le escupe al salir, «vengativa», se le queda pegada mucho más tiempo del que ella admitiría.
En paralelo, la novela sigue a Derek, un profesional absorbido por el trabajo que también acaba de terminar algo que nunca llegó a ser una relación. Encuentra a Delaney con su móvil en la mano, no la cree y la echa; después, mirando la grieta de la pantalla, ya no sabe si acusó a una inocente. Su hermana Brooke —enfermera, cocinera aficionada y la única persona capaz de desarmarlo por teléfono— le pone nombre a lo que él prefiere no mirar: una obsesión con la traición que no nace de esta noche ni de esta mujer. Un capítulo retrocede diecinueve años, a un jardín de Albany iluminado por las luces de una ambulancia, donde un niño de diez años que jugaba al escondite en una caseta abandonada presenció lo que los adultos se apresuraron a llamar accidente. Nadie supo que estaba allí. Él calló entonces y ha seguido callando.
Entre ambos hilos late un pasado más reciente: algo ocurrido seis años atrás que los dos esquivan por separado, una imagen tras un cristal, unas risas, unas palabras de consuelo de un amigo llamado Asher. Y cuando Madison sale del hospital creyendo que lo peor del día ha terminado, una llamada desesperada de Jenny —alguien a quien no debió dejar volver a su vida— la lanza hacia un apartamento donde hay un hombre inconsciente en el suelo, sangre y ninguna ambulancia en camino.
Abril Laínez construye una historia de doble voz que alterna primera persona femenina y masculina con un pulso ágil, diálogo abundante y un humor seco que convive con el suspense. La novela retrata a personajes adultos, imperfectos y muy queridos por sus hermanos, atrapados entre la comedia de los desengaños cotidianos y la sombra larga de una verdad que alguien decidió no contar. Una lectura pensada para quien disfruta del romance contemporáneo con misterio de fondo, secretos familiares y capítulos que terminan justo donde uno no quiere soltar el libro.
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