En la madrugada del 24 de agosto de 1981, durante las fiestas de San Bartolomé, la alcaldesa de Montoro se adentra en un incendio de Sierra Morena y no vuelve. Su hijo de siete años, único testigo, queda esperando dentro del coche.
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En la madrugada del 24 de agosto de 1981, durante las fiestas de San Bartolomé, la alcaldesa de Montoro se adentra en un incendio de Sierra Morena y no vuelve. Su hijo de siete años, único testigo, queda esperando dentro del coche. Casi veinte años después, la periodista escocesa Gillian McCormack llega al pueblo para reconstruir lo ocurrido y descubre que el olvido también puede ser una forma de encubrimiento.
Todo empieza con un apagón. La noche del 23 de agosto de 1981, mientras Montoro celebra la suelta del diablo encadenado bajo la pisada de San Bartolomé y los niños desfilan con sus farolillos de sandía tallados con una escalera, un sol y una luna, el pueblo entero se queda a oscuras. En esos minutos aparecen pintadas de la hoz y el martillo y, poco después, una llamada de teléfono saca de la cama a la alcaldesa. Sube a la sierra con su hijo de siete años, Carlos, en busca de un incendio que no se ve por ninguna parte. En una recta cercana al alto de los Muros detiene el coche, le pide al niño que no se mueva y se interna en la noche. No regresa jamás.
Fernando León Solís levanta la novela sobre dos voces que se persiguen. La primera es la del niño, que años más tarde pone por escrito aquella madrugada: los conejos deslumbrados por los faros, la cierva que cruza la carretera como un presagio, la certeza infantil de que nada de aquello es real y la rabia que estalla cuando el mal sueño no termina. La segunda es la de Gillian McCormack, periodista afincada en Glasgow que llega a Andalucía por una herida profesional: el mensaje de una lectora que le reprocha haber escrito sobre España desde el tópico en lugar de mirarla. Decidida a desmentir esa acusación, se instala en un pueblo suspendido sobre las ondas de Sierra Morena y encuentra un caso que nadie le encargó.
Lo que Gillian persigue no es solo un cuerpo que nunca apareció. Es el modo en que un suceso sin explicación se deshilacha con los años hasta convertirse en rumor, en cuento de viejos, en algo de lo que casi nadie quiere acordarse. Alrededor de la desaparición orbitan otras preguntas sin cerrar: por qué el niño estaba allí aquella noche, de qué se ahogaba un muchacho llamado Manolo de la Dehesa que apareció una tarde en una casa de Córdoba con un dinero que no quería aceptar, qué callaba la familia que acogió al huérfano sin desearlo del todo.
Crónica, memoria e intriga a la vez, la obra avanza entre la infancia rota y la investigación adulta, entre la España de 1981 y la del cambio de siglo, con el paisaje cordobés —los olivos, la jara, los pinares, las lomas de Las Tetas de la Reina— convertido en un personaje más. Una historia sobre lo que una comunidad decide recordar y sobre el precio de mirar de verdad aquello que otros prefieren dejar en la oscuridad.