Relato autobiográfico de un cantante almeriense que reconstruye, con voz cercana y sin afán de escándalo, los años previos a su vida pública. El libro arranca en un piso donde el tocadiscos se encendía antes del desayuno y la música…
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Relato autobiográfico de un cantante almeriense que reconstruye, con voz cercana y sin afán de escándalo, los años previos a su vida pública. El libro arranca en un piso donde el tocadiscos se encendía antes del desayuno y la música funcionaba como lenguaje familiar, y desde ahí despliega un retrato de barrio, de oficios humildes y de vocación intuida: un niño tímido que ensayaba ante el espejo con una escoba por micrófono y solo se atrevía a cantar cuando el carnaval le prestaba su bullicio. Entre la costura de la madre, el pasado pugilístico del padre, los veranos en El Zapillo y una etapa de ciclista federado, el autor rastrea el momento exacto en que el juego se convirtió en destino.
Hay memorias que buscan el titular y otras que buscan el origen. Esta pertenece al segundo grupo: un cantante repasa su vida, sus inquietudes y su oficio con la reserva declarada de quien quiere proteger lo más íntimo, aunque admite que ciertas anécdotas privadas resultaron decisivas para entender al artista y no puede dejarlas fuera.
El punto de partida es una casa de Almería donde la música no era afición sino atmósfera. El hermano mayor, once años por delante, encendía el equipo recién levantado; la hermana dormía en la sala donde la madre, modista, cosía durante jornadas larguísimas. Sin auriculares ni posibilidad de aislarse, el narrador se educó en una discoteca doméstica y promiscua: sevillanas y pop internacional, rumba y canción melódica, cintas prestadas en un walkman, casetes que aún guarda en cajas de cartón gastadas. De ese desorden nació una versatilidad que años después le permitiría cantar, en las orquestas, «lo que le echaran».
Alrededor de esa banda sonora se ordena una crónica familiar de dos generaciones muy distintas. Del lado paterno, el barrio de San Cristóbal a los pies de la alcazaba, la escuela abandonada pronto, el hambre mencionada sin dramatismo, la emigración a Barcelona, Alemania o Suiza, y una tradición de boxeo que dio títulos a la familia y que el hijo mira con franco rechazo, porque ha visto lo que el cuadrilátero deja atrás. También ahí, más querida que el deporte, estaba la música: acordeones, murgas de carnaval, un padre que llegó a formar grupos y que una vez pidió perdón a su novia dedicándole una canción cantada por él en la radio local.
El libro se detiene con particular ternura en la timidez. El autor se describe como un niño rubio, menudo, poco brillante en clase y paralizado por el miedo al ridículo: renunció a clases de guitarra y de tenis, se negó en redondo a los concursos televisivos que le proponía una tía, y cantaba encerrado en su cuarto tras copiar letras parando y rearrancando la cinta. Solo el carnaval —las murgas del colegio, las letras propias escritas con los profesores, un primer estudio de grabación en la calle Murcia— le daba permiso para exponerse.
En paralelo avanza el retrato de una ciudad y una época: la plazoleta convertida en campo de fútbol con porterías de tiza, la Rambla todavía seca y llena de coches, las tardes eternas de la playa de El Zapillo con fiambreras y sombrillas, las pescas nocturnas en el puerto junto al hermano admirado. Y una obsesión adolescente, el ciclismo, único deporte que practicó federado: la bicicleta comprada a plazos con la paga, el equipo, el papel de gregario que lleva bidones, la enfermedad que le obliga a parar y el desánimo de esforzarse sin progresar.
Más que una crónica de éxito, el conjunto funciona como una arqueología de la vocación: la historia de cómo un don heredado y casi olvidado reaparece en el menor de la familia, y de cómo la vergüenza tardó más en ceder que el talento en manifestarse.