«Desde la bruma» es el primer libro de Vari Fernández Abella (Penoselo, León, 1975), publicado en 2015 por MRV Editorial Independiente. Reúne cerca de un centenar de poemas y dos relatos breves organizados en tres tramos —«Poemas umbríos»,…
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«Desde la bruma» es el primer libro de Vari Fernández Abella (Penoselo, León, 1975), publicado en 2015 por MRV Editorial Independiente. Reúne cerca de un centenar de poemas y dos relatos breves organizados en tres tramos —«Poemas umbríos», «Poemas eróticos» y «Relatos»— que recorren la ausencia, la espera, la memoria familiar y el deseo con una voz de imaginería densa, hecha de niebla, mar, lunas partidas y espejos. Un debut confesional que la propia autora describe como un largo diálogo con el folio en blanco iniciado a los once años.
Hay libros que se presentan como un umbral, y este lo dice ya desde el título: «Desde la bruma» propone leer lo que se entrevé antes de que la niebla se disipe. Vari Fernández Abella reúne aquí el trabajo de años de escritura íntima —versos empezados en la infancia y guardados en folios que la autora conserva como parte de sí misma— y lo ordena en un volumen de tres movimientos claramente diferenciados.
El primero y más extenso, «Poemas umbríos», ocupa el grueso del libro con casi un centenar de composiciones. Es el territorio de la pérdida y de la espera: alguien aguarda un regreso que quizá no llegue («Acuciante espera», «Presagio de ausencias»), alguien se asoma al hueco que dejan los que se fueron («Ausencia», «Cruces olvidadas», «Hoy y siempre, abuela») y alguien reconoce que el tiempo trabaja por dentro, deshaciendo certezas como una ventisca deshace un castillo de naipes. Junto a los poemas del duelo aparecen los de la resistencia —«Libertad en el alma», «Crisálida», «Volar»—, donde la misma voz que enumera heridas encuentra el modo de nombrar una salida. La retórica es abundante y sensorial: metales, flores, aves, oleajes, relojes detenidos, pianos que suenan a lo lejos.
El segundo tramo, «Poemas eróticos», es breve —catorce piezas— y cambia la temperatura del libro sin cambiar su vocabulario. El agua, el fuego y el viento que antes servían para hablar de la intemperie sirven ahora para el encuentro de los cuerpos: «Agua y fuego», «Alquimia», «Remolino», «Torrente tibio», «Vorágine». Es una sección de pulso más rápido, construida sobre el mismo repertorio de imágenes naturales, que funciona como contrapeso luminoso de la primera parte.
Cierra el volumen «Relatos», dos textos en prosa —«En una noche de insomnio…» y «Suave brisa»— que prolongan en otra forma las obsesiones del poemario: el insomnio como estado de conciencia, la brisa como visita de lo que ya no está.
Atraviesa el conjunto una figura recurrente: la de quien mira desde la orilla —un espigón, una contraventana azul, un espejo— y trata de fijar en palabras lo que se le escapa. La dedicatoria del libro apunta en esa dirección al hablar de utopías rotas que acaban siendo remanso, y la nota biográfica lo confirma con una frase que podría servir de poética: nos aferramos a que los espejismos sean reales, pero la realidad los difumina hasta relegarlos a ensueños. «Desde la bruma» interesará a quien busque poesía confesional de imagen abundante y tono elegíaco, y a quien quiera acompañar el estreno editorial de una voz que llevaba décadas escribiendo antes de publicar.
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