Un método práctico para calmar a alguien iracundo en cuestión de segundos: dejar de discutir con las palabras y aprender a escuchar y nombrar las emociones del otro.
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Un método práctico para calmar a alguien iracundo en cuestión de segundos: dejar de discutir con las palabras y aprender a escuchar y nombrar las emociones del otro. Nacido en las prisiones de máxima seguridad de California y apoyado en la neurociencia, propone una habilidad concreta —el etiquetado de afectos— aplicable a hijos, parejas, adolescentes, colegas, alumnos y vecinos con los que ya no sabemos hablar.
Todo empezó con una carta. Una mujer que cumplía condena en la prisión femenina más grande y más violenta de California pidió que alguien fuera a enseñarles a mediar, no solo para mejorar ellas, sino para transmitirlo al resto de la población reclusa. De aquella petición nació un programa que, en abril de 2010, sentó a un abogado y a su colega frente a quince mujeres condenadas a cadena perpetua, en una sala destartalada de suelo de cemento y luz fluorescente, bajo miradas escépticas.
Lo que aprendieron allí es el corazón de este libro. La tesis de partida es incómoda y liberadora a la vez: no somos seres racionales con emociones, sino seres emocionales con cierta capacidad de razonar. Occidente lleva milenios enseñando lo contrario —de Platón y su auriga a Descartes, y de ahí al pulso interior del señor Spock entre la lógica y el sentimiento—, y el precio de esa herencia es una analfabetización emocional que se paga en discusiones interminables y, según los estudios que se citan aquí, incluso en salud y esperanza de vida.
De esa constatación surge una técnica sencilla de enunciar y difícil de practicar: ignorar el contenido literal de lo que dice una persona alterada y responder nombrando en voz alta lo que está sintiendo. Es lo que el autor llama etiquetar afectos, una habilidad que la investigación en neurociencia cognitiva ayuda a explicar y que, bien ejecutada, rebaja la tensión en noventa segundos o menos. Junto a ella aparecen otras piezas del método: identificar el mensaje central de quien habla, encajar insultos y faltas de respeto sin devolver el golpe, y evitar lo que aquí se describe como el primer pecado mortal, la descalificación emocional con la que solemos negar lo que el otro siente para calmar nuestra propia incomodidad.
El recorrido sigue un arco vital reconocible. Empieza por las rabietas infantiles y sigue por el terreno minado de la adolescencia, el acoso escolar y los círculos de paz; entra después en la pareja, el conflicto conyugal y la convivencia tras un divorcio, con un apartado dedicado a las seis necesidades de las víctimas; continúa en la oficina, donde escuchar de este modo se revela una forma de liderazgo; se detiene en el aula, con recursos para docentes que deben responder al mal comportamiento con firmeza y empatía a la vez; y desemboca en el espacio público, ahí donde las creencias polarizadas rompen amistades y parten familias. Un capítulo entero se dedica a aplicarse la técnica a uno mismo, hasta llegar a un estado de silencio del ego que el autor describe como la quinta transformación.
Cada tramo se apoya en escenas reales y en testimonios que dan al conjunto su textura: la reclusa que recupera el contacto con un hijo tras tres años de silencio, el preso que responde a un insulto sin llegar a las manos, los quince mil internos que han pasado por manos de seiscientos pacificadores formados dentro de los muros. Si funciona ahí, argumenta el libro, funcionará en una cola de supermercado o en una cena familiar. Y si unas pocas personas empiezan a practicarlo juntas —como en las simulaciones de cooperación de Robert Axelrod, donde las palomas terminan desplazando a los halcones—, el civismo puede reconquistar terreno.
Más que un catálogo de consejos, es un manual de entrenamiento con una promesa medida: no evitar los conflictos, sino dejar de temerlos.