Una imagen que no se puede olvidar: el cuerpo semidesnudo de Laura en la bañera, las venas abiertas, la mano colgando del borde, mientras el viento de septiembre mueve las flores muertas de una cortinilla de plástico.
Descargar
Una imagen que no se puede olvidar: el cuerpo semidesnudo de Laura en la bañera, las venas abiertas, la mano colgando del borde, mientras el viento de septiembre mueve las flores muertas de una cortinilla de plástico. Dani tiene ocho años cuando descubre a su madre muerta, en la madrugada de su cumpleaños. La culpa se anida en él porque, horas antes, mientras dormía, había deseado con todas sus fuerzas librarse de ella.
Durante los siguientes diez años, Dani vive confinado en un orfanato disfrazado de internado. En la soledad institucional aprende a transformar los recuerdos: borra los insultos, las borracheras, los golpes; idealiza solo los besos compensatorios de su madre. La culpa crece junto con él. Se convence de que su deseo infantil provocó la muerte de Laura, de que su vida miserable es penitencia por ello. A los diecisiete años, el peso lo quiebra: pasa tiempo en un pabellón psiquiátrico antes de ser liberado.
En 1990, a los veintiocho años, Dani vive en una pensión de mala muerte, trabajando como repartidor de refrescos y camarero nocturno. La Navidad lo sumerge en una melancolía asfixiante. Esa Nochebuena, encuentra las cintas de vídeo que registraban su infancia: Laura joven, hermosa, radiante de vida, tocando la guitarra, cantando, besándolo con ternura. Mientras observa esas imágenes del pasado, cierra los ojos para retener cada detalle, y en ese instante, un zumbido crece en su cabeza, un cosquilleo en el estómago lo envuelve. El tiempo se quiebra. Y cuando abre los ojos, ya no está en la pensión.