Un corresponsal se tumba en la cama de su apartamento de Saigón contemplando un mapa anticuado que ya no representa la realidad. Vietnam ya no es un país: es la guerra.
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Un corresponsal se tumba en la cama de su apartamento de Saigón contemplando un mapa anticuado que ya no representa la realidad. Vietnam ya no es un país: es la guerra. En estas páginas, Michael Herr narra su descenso a través de helicópteros que actúan como taxis hacia los infiernos menores, la selva que devora, los soldados enamorados de la muerte, y la transformación de un hombre que vuela sobre napalm y bombardeos, dejando atrás fragmentos de sí mismo cada vez que sube a una aeronave.
Un corresponsal llega a Saigón durante la Guerra de Vietnam y en las noches de agotamiento contempla un mapa francés que cuelga en su apartamento. El papel está alabeado por el calor húmedo de la ciudad, mostrando territorios fantasmales: Tonkín, Annam, Conchinchina, Siam. Esto es lo viejo, lo real. Pero en 1967, ningún mapa puede representar lo que ocurre en la realidad, porque Vietnam ya no es un país: es la guerra.
El narrador viaja en helicópteros que funcionan como taxis civiles, saltando de campamento en campamento, de zona de aterrizaje en zona de aterrizaje. Ve a oficiales explicando cómo los bosques Ho Bo fueron arrasados con arados gigantes y químicos, destruyendo indiscriminadamente la tierra. Ve a soldados que toman pastillas de los bolsillos del uniforme: calmantes y estimulantes. Ve a lurps—patrulleros de larga distancia—que han dormido bajo cadáveres de compañeros.
Uno de ellos porta un pendiente de oro y cicatrices del alma. Ha visto demasiado: en casa, apunta rifles de caza hacia la gente desde ventanas; en Vietnam, asusta a sus compañeros. «La patrulla subió al monte. Volvió un hombre. Murió antes de poder contarnos lo sucedido». Eso es todo lo que dice.
Hay otros corresponsales: Page, inglés y marciano; Sean Flynn, hijo de Errol Flynn, que parece Artaud emergiendo de un corazón de tinieblas. Juntos viajan con cintas de los Rolling Stones, Jimi Hendrix, The Animals. Cuando pasan ante un comandante que cuelga una cola de zorro de su helicóptero, casi le da un infarto. «¿Ustedes no saludan a los oficiales?» «Nosotros no somos soldados. Somos corresponsales». La guerra está hecha de estos contrastes: elegancia y violencia, rock and roll y muerte.
Volar sobre la selva es casi puro placer; andar por ella es casi todo dolor. Cuando sobrevuelan un claro atacado desde el aire, una vieja canción explota en la cabeza: «Parad la guerra, esos tipos están matándose». Luego descienden en el humo púrpura y docenas de niños corren hacia el helicóptero mientras el piloto ríe: «Vietnam, amigos, es esto: Bombardearlos y alimentarlos».
Hay momentos de belleza tropical—crepúsculos capaces de alterar para siempre la idea de la luz—pero también lugares tan lúgubres que se vuelven blanco y negro en la cabeza. Y lo más terrible: ver despegar el helicóptero que te acaba de dejar, sabiendo que quizá nunca vuelva por ti. Los helicópteros dejan una presencia eterna en quienes los tripulan: tras transportar un muerto, el muerto sigue volando contigo. Y después de cientos de vuelos, después de la selva, los muertos, el napalm, algo fundamental se fractura en el hombre que vio todo desde arriba.
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