Memorias del actor Rubén Aguirre, quien encarnó al profesor Jirafales y se convirtió en leyenda de la televisión latinoamericana. El libro abre con un acto de rechazo: un director le dice que es demasiado alto para la pantalla, que sus…
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Memorias del actor Rubén Aguirre, quien encarnó al profesor Jirafales y se convirtió en leyenda de la televisión latinoamericana. El libro abre con un acto de rechazo: un director le dice que es demasiado alto para la pantalla, que sus manos parecen manoplas de béisbol. Pero esa estatura que lo limitaba se transformó en el activo cómico que lo hizo famoso. Tejidas con anécdotas de su familia, reflexiones sobre la profesión actoral y el difícil equilibrio entre la vida pública y privada, estas memorias narran cómo un hombre eligió trabajar para vivir, no vivir para trabajar.
En Monterrey, a fines de los años cincuenta, un joven locutor de radio se presenta ante las cámaras del Canal 10 para hacer un comercial sobre un fraccionamiento. Sus palabras salen bien, seguras. Pero cuando sale del aire, el dueño de la estación lo llama a su oficina: ‘Se ve grotesco. Sus manos parecen manoplas de béisbol. ¿No se da cuenta? Vaya con el gerente y póngase a vender publicidad’. Esta crítica desgarradora se clavó profundamente en Rubén Aguirre, sin embargo, no lo detuvo.
Estas memorias rastrean cómo aquel hombre rechazado por su estatura, casi dos metros, se convirtió en uno de los rostros más queridos de la televisión latinoamericana. El libro abre con un prólogo de su primo Armando Fuentes Aguirre, columnista y escritor, que teje la genealogía de los Aguirre: de campesinos de Patos, Coahuila, a una familia marcada por el ingenio y la dignidad. Cuenta cómo la abuela Liberata, incluso en su lecho de muerte, respondió con una frase que resume el espíritu familiar.
Aguirre reflexiona entonces sobre la profesión de actor: su vocación por la comedia, que accede a la inteligencia del público; el juego vertiginoso entre la ficción que encarna y la realidad que habita; la necesidad de una brújula moral que lo ancle en tierra firme. Revela que sin el apoyo incondicional de su esposa, Consuelo de los Reyes, aquel equilibrio entre la vida pública y privada habría sido imposible de sostener.
Lo que surge de estas páginas es cómo los rechazos iniciales se transformaron en oportunidad: esa estatura desproporcionada, esas manos enormes vistas como defecto, se convirtieron en la riqueza visual que permitió formar una pareja cómica con Roberto Gómez Bolaños, Chespirito. De locutor de radio en Saltillo a personaje que marcó la infancia de millones de espectadores, esta es la historia de quien supo elegir trabajar para vivir una vida plena.
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