Penélope Benedetti tiene veinticinco años, un departamento en Buenos Aires, una gata llamada Yimi y la costumbre de anotar cada mañana lo que sueña.
Descargar
Penélope Benedetti tiene veinticinco años, un departamento en Buenos Aires, una gata llamada Yimi y la costumbre de anotar cada mañana lo que sueña. Un lunes cualquiera, el sueño de un jardín imposible y un desconocido de ojos verdes se cruza con una noticia que le da vuelta la vida: la editorial para la que trabaja quiere trasladarla a su sede central en Roma, y necesita una respuesta antes de que termine el día. Con esa decisión arranca «Destino caprichoso», una novela romántica argentina de Florencia Lema sobre las señales que uno tarda en leer y los caminos que parecen elegirnos antes de que sepamos elegirlos.
Todo empieza con una imagen que se repite: un jardín interminable, un puente de madera sobre una cascada, un banco blanco y un hombre de espaldas al que Penélope se anima a tocar el hombro. Cuando él está a punto de girarse, una luz la encandila y solo alcanza a distinguir unos ojos verdes y una mirada que, sin explicación posible, le resulta familiar. El despertador la arranca de ahí y ella hace lo de siempre: estirar el brazo, buscar el cuaderno de la mesita de luz y escribir todo lo que recuerda, porque hace años que los sueños son su manera de entenderse.
Ese lunes, sin embargo, la rutina se rompe temprano. Hay paro de subtes, una reunión a las nueve y media y un jefe, Marchetti, que la cita en su despacho con una propuesta que ella no vio venir: entre un grupo reducido de candidatos, la sede central de la editorial la eligió a ella para trasladarse a Roma por tiempo indefinido. Pasaje, vivienda y gastos corren por cuenta de la empresa; el viaje sale en una semana. Lo único que falta es su respuesta, y tiene apenas un día para darla.
La novela sigue esas horas con una atención minuciosa al detalle cotidiano —la taza de lunares rojos, la heladera medio vacía, la música que suena en el auto y parece contestarle— y las convierte en el termómetro de una decisión mucho más grande de lo que aparenta. Penélope busca refugio en Josefina, su amiga desde el secundario, que la recibe con la mesa puesta y ninguna paciencia para las dudas: le recuerda que está sola, que no le debe nada a nadie y que las oportunidades así no se piden dos veces. También le recuerda, con menos delicadeza, que hace más de dos años que se mantiene lejos de cualquier vínculo amoroso, escudada en un duelo que prefiere no nombrar.
Después viene la familia: el padre, Juan Cruz, que celebra sin dudarlo y le devuelve una pregunta incómoda —por qué se puso a estudiar italiano años atrás, sin saber para qué—; la madre, Eleonora, que se queda muda en el sillón antes de llorar de orgullo; y Juan Pablo, el hermano menor, que hace un chiste antes de aplaudir. En el brindis, Penélope se descubre mirándolos como quien intenta guardar una escena para más adelante.
El trámite se acelera: la carpeta con los datos del vuelo, el hotel de tres días sobre la Vía Labicana, la caja que la espera en Roma con teléfono, llaves y contactos, la videollamada con la directora general de la compañía. Todo suena a premio y, sin embargo, algo insiste por debajo. Desde el primer minuto Penélope sabe —no puede justificarlo, solo sabe— que ese viaje no se trata únicamente de trabajo.
Escrita en primera persona y en presente, con el pulso íntimo de un diario, «Destino caprichoso» combina el registro realista de la vida porteña con una corriente subterránea de intuiciones, coincidencias y señales. Es una historia de amor que empieza antes de que aparezca el otro, y una novela sobre esa sospecha tan difícil de sostener y tan difícil de abandonar: que hay un orden detrás de lo que parece azar, y que cada desvío del camino tiene su para qué.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.