Nueva York, invierno, temporal en Broadway. Joe South —que fue el mejor detective de la ciudad hasta que le retiraron la licencia— acepta un encargo que suena a castigo: vigilar durante dos meses a un heredero de veinticinco años,…
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Nueva York, invierno, temporal en Broadway. Joe South —que fue el mejor detective de la ciudad hasta que le retiraron la licencia— acepta un encargo que suena a castigo: vigilar durante dos meses a un heredero de veinticinco años, aficionado a las malas compañías y a una corista, hasta que cumpla la edad que le abrirá las arcas del testamento familiar. El sueldo es generoso, los clientes son respetables y las explicaciones, escasas: cuanto más le pagan por no preguntar, más seguro está South de que el trabajo no es el que le han contado.
Todo empieza con un barómetro que baja. Por primera vez en años ondea el aviso de huracán sobre el Whitehall Building, y bajo esa lluvia oblicua Joe South entra en el despacho de un abogado de Manhattan con traje azul, corbata negra y los zapatos limpios, dispuesto a que lo contraten. Sale una hora después con setecientos dólares en un sobre de papel manila, un encargo de dos meses y la incómoda sensación de saber tan poco como al llegar.
El trabajo, sobre el papel, es sencillo hasta la ofensa: hacer de guardia de corps de Richard, un joven que dentro de dos meses cumplirá veintiséis años y entrará en posesión de una herencia considerable. Hasta entonces vive con una renta modesta, gasta muchísimo más de lo que ingresa y se le ha visto por la ciudad en compañía de un par de gángsters sin identificar. Añádase una muchacha del coro con aire de cazadora de dotes y una cláusula testamentaria que adelantaría el cobro si el chico se casara antes de tiempo, y el retrato de la ansiedad familiar queda completo. South debe apartarlo del peligro sin que el interesado sospeche que lo custodian: se presentará como un amigo de Montana, ciudad que Richard no ha pisado nunca.
La segunda entrevista se celebra en una habitación de hospital para ricos, entre revistas financieras, tubos de acero cromado y una enfermera que mira al paciente con algo más que interés profesional. Allí, el tío del muchacho —un financiero acostumbrado a que le obedezcan y a evaluar a los hombres como quien tasa una mula en el mercado— mide a South, le tolera el mal genio y le suelta la información con cuentagotas. Del testamento, del reparto desigual entre los dos sobrinos, de los cincuenta mil dólares que el heredero habría ido sacando por otras vías y de los propios motivos del contratante, el detective saca más silencios que respuestas. Cuando South cede y acepta, ya ha decidido que la parte que le ocultan es más interesante que la que le pagan.
Alrededor del caso se mueve una pequeña compañía: dos amigos instalados en su habitación de hotel que le beben el whisky, le prestan el abrigo y le cobran comisión por el afecto —un boxeador pelirrojo de segunda categoría y un inglés elegante con vocación de cita literaria—; una novia lejana que le manda telegramas afectuosamente hostiles; un taxista al que debe quince dólares y ochenta centavos y que no tiene cambio de cien; y, en la casa de la calle Setenta y Ocho donde el detective se instala como huésped, una criada de réplica rápida y un salón con chimenea encendida, piano de cola y whisky ajeno al alcance de la mano. Lujo prestado, comodidad de otro, y el trabajo aún por empezar.
Escrita en la vena clásica de la novela negra norteamericana, la obra se sostiene sobre un narrador sarcástico, un diálogo rápido y una economía de gesto que dice más por lo que calla que por lo que explica: el vaso servido sin pedir permiso, la mano tendida que nadie estrecha, el interrogatorio que se interrumpe justo antes de la respuesta útil. El decorado —Times Square anegado, un hospital insonorizado, un caserón holandés entre rascacielos— sirve al mismo propósito que la trama: contraponer el dinero heredado y la gente que trabaja para él. Esta edición corresponde a la traducción española publicada en 1946, con portada e ilustraciones de época, y conserva el sabor de aquel policiaco popular que llegó a España en volúmenes de quiosco.
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