Una joven rusa huye de un matrimonio impuesto y termina ganándose la vida tras uno de los escaparates del Barrio Rojo de Ámsterdam. Un empresario neerlandés, atrapado en un matrimonio que un accidente convirtió en reproche permanente, sale…
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Una joven rusa huye de un matrimonio impuesto y termina ganándose la vida tras uno de los escaparates del Barrio Rojo de Ámsterdam. Un empresario neerlandés, atrapado en un matrimonio que un accidente convirtió en reproche permanente, sale una noche a la calle sin saber qué busca. La novela sigue el momento en que esas dos derivas se cruzan y ninguno de los dos vuelve a ser el mismo.
Al norte de Samara, Ivana Ivanov tiene veintidós años y una sola certeza: no piensa casarse con el hombre que su padre eligió por ella para saldar una promesa antigua. La discusión termina como terminan las discusiones cuando alguien decide que su palabra vale más que su hija: con un ultimátum, una mochila a medio llenar y un billete de avión comprado a las prisas. Ivana aterriza en Ámsterdam sin plan, sin idioma útil y con el dinero justo que su madre logró ponerle en la mano. Lo que encuentra después no es la ciudad de postal, sino una habitación diminuta en una cuarta planta sin ascensor, en una calle donde las cortinas se abren al anochecer.
Un año antes, y a mil kilómetros de esa casa rusa, Hibrand Brouwer creía tener la vida resuelta. Heredero de una empresa familiar dedicada a los tulipanes, trabajador hasta la extenuación y casado con la mujer de la que se enamoró, veía cómo su matrimonio se iba estrechando alrededor de una obsesión: el hijo que no llegaba. La presión convirtió la intimidad en calendario y el deseo en obligación, hasta que una discusión dentro de un coche en marcha lo rompió todo en cuestión de segundos. Del accidente salieron una silla de ruedas, una pérdida que nadie sabía que existía y un rencor que Heleen decidió administrar como única forma de seguir viva.
La novela avanza en dos tiempos que se buscan sin saberlo. Por un lado, el aprendizaje de Ivana: los alquileres imposibles, las entrevistas que no llegan, las compañeras de piso que la reciben con humor y nombres dobles —uno para la casa, otro para el escaparate— y la lenta comprensión de que la supervivencia también tiene precio. Por otro, el desgaste de Hibrand: la fidelidad entendida como penitencia, el juramento matrimonial sostenido a pulso, y una oficina convertida en el único lugar donde puede respirar, con Licelot —empleada, amiga y voz sin filtros— recordándole que cumplir una promesa no es lo mismo que estar vivo.
Cuando Hibrand sale una noche sin rumbo y se detiene frente a un cristal iluminado, la historia deja de ser la suma de dos derrotas privadas. Lo que empieza ahí obliga a ambos a preguntarse si el deseo puede nacer en un lugar donde todo tiene tarifa, si la culpa se hereda o se elige, y cuánto está dispuesto a perder alguien que ya ha perdido casi todo. La autora escribe una novela romántica de tono adulto y registro coloquial, con diálogos directos, humor negro repartido en dosis exactas y un retrato sin adornos del Barrio Rojo: ni denuncia ni fantasía, sino oficio, frío y calles llenas de turistas.
Es, en el fondo, una historia sobre identidades partidas en dos. Ivana, chica corriente de día y figura tras el vitral de noche. Hibrand, empresario impecable de puertas afuera y hombre exhausto de puertas adentro. Y la pregunta que sostiene el libro entero: qué queda de una persona cuando le arrancan el papel que creía que iba a interpretar toda la vida.
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