Siracusa, tras el desastre de la expedición ateniense: siete mil prisioneros se pudren a cielo abierto en las canteras de la ciudad. Dos alfareros sin trabajo, Lampo y Gelón, bajan al foso a cambiar agua, queso y aceitunas por versos de…
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Siracusa, tras el desastre de la expedición ateniense: siete mil prisioneros se pudren a cielo abierto en las canteras de la ciudad. Dos alfareros sin trabajo, Lampo y Gelón, bajan al foso a cambiar agua, queso y aceitunas por versos de Eurípides, hasta que a Gelón se le ocurre algo mayor: montar Medea completa allí abajo, con coro, máscaras y vestuario. Una novela sobre la amistad, la devoción por el teatro y la frontera borrosa entre la piedad y la crueldad.
La acción arranca en Siracusa, poco después de que la expedición ateniense a Sicilia termine en desastre. La ciudad ha decidido no firmar tratados ni vender esclavos: encierra a miles de prisioneros en sus canteras, a cielo abierto, y los deja allí, entre el sol, el frío nocturno y las ratas. A ese foso convertido en costumbre local baja cada tanto Lampo, el narrador, con odres de agua, aceitunas de su madre y un queso de olor imposible.
Lampo cuenta lo que ve con voz de taberna: chistes, bravuconadas, saludos alegres dirigidos a hombres que agonizan. Es un alfarero sin trabajo desde que cerró la fábrica, cojo de nacimiento, aunque en las rondas de vino la cojera se transforma en una flecha ateniense; le gusta el olor de la cantera porque le recuerda que la fortuna cambia de bando. Su amigo Gelón sostiene el otro extremo: hombre callado, arrasado por la muerte de un hijo y la marcha de su mujer, a la que sigue viendo en murales, en el cielo, en la grieta de una cazuela. Lo único que lo enciende es Eurípides. De ahí el trueque que ambos practican entre los prisioneros: agua y comida a cambio de versos; nada de Sófocles ni de Esquilo, solo Eurípides, y aceitunas extra si el pasaje es de Medea.
De ese juego macabro y a la vez tierno nace una idea mayor. Gelón propone que se conviertan en directores y monten Medea entera dentro de la cantera —coro, máscaras, música, vestuario—, con los propios cautivos como compañía. Lampo consigue el primer protagonista: Paches, un ateniense de ojos verdes al que arranca en el último momento de la porra de un siracusano que perdió a su hijo en la guerra, y cuya vida termina pagando con un odre de vino.
Entre bajada y bajada, el relato se demora en la taberna de Dismas, con su hedor a pescado, su disputada silla de Homero, un esclavo argivo que cada noche reconstruye en voz alta la ciudad que perdió y unos jóvenes aristócratas que compran rondas para rozar la vida del pueblo. Allí se ve con nitidez el material del libro: la camaradería, la borrachera, la mentira piadosa que cada uno se cuenta sobre sí mismo.
Lo que sostiene el conjunto es el contraste. El habla es moderna, sucia y cómica; el fondo es un crimen colectivo que casi nadie en la ciudad llama por su nombre. El texto pregunta qué queda de un enemigo cuando se le ha quitado todo menos unas líneas aprendidas de memoria, y si el arte —el mismo que produjo la ciudad que vino a destruirlos— sirve para redimir algo o apenas para mirar de frente lo que se ha hecho.