Un recorrido introductorio por la filosofía de John Dewey y por el pragmatismo norteamericano que lo hizo posible: del Club Metafísico de Cambridge a la idea de que pensar bien es, sobre todo, una manera de intervenir en los problemas…
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Un recorrido introductorio por la filosofía de John Dewey y por el pragmatismo norteamericano que lo hizo posible: del Club Metafísico de Cambridge a la idea de que pensar bien es, sobre todo, una manera de intervenir en los problemas reales de la gente.
El libro arranca con una anécdota que parece un guiño del azar: el John Dewey que la historia recuerda llevaba el nombre de un hermano mayor muerto en la infancia, en el mismo Burlington de Vermont donde él nacería nueve meses después, en 1859. De esa coincidencia inicial parte el retrato de una vida larguísima —noventa y tres años— y de una obra que atravesó la psicología, la lógica, la pedagogía, la ética, la religión, el arte y la política, además de la tribuna pública: asociaciones civiles, revistas de opinión, conferencias ante auditorios de toda clase. El propio Dewey, sin embargo, corregía a quienes lo presentaban como educador: decía ser apenas un filósofo que intenta pensar.
Antes de entrar en su pensamiento, el volumen reconstruye el terreno del que brotó. En la Cambridge intelectualmente febril de los años setenta del siglo XIX, un grupo de jóvenes se reunía bajo el nombre irónico de The Metaphysical Club: Charles Sanders Peirce, William James, Oliver Wendell Holmes Jr., Chauncey Wright y otros. De aquellas discusiones —de las que apenas quedan testimonios indirectos, entre ellos el de un Henry James que confesaba que solo pensar en ellas le daba dolor de cabeza— salieron las líneas maestras del pragmatismo. El libro detalla la deuda con Alexander Bain y su definición de la creencia como disposición a actuar, los dos ensayos fundacionales de Peirce sobre la fijación de la creencia y la clarificación de las ideas, sus cuatro métodos para asentar convicciones (tenacidad, autoridad, a priori y ciencia), y la máxima pragmática según la cual el significado de una idea coincide con el conjunto de sus efectos concebibles. Explica también por qué Peirce acabó rebautizando su doctrina como «pragmaticismo», nombre deliberadamente feo, para distinguirla de la lectura de James: donde el primero buscaba una verdad pública, general y construida a largo plazo por una comunidad de investigadores, el segundo medía la verdad por su fecundidad práctica en la vida de cada individuo.
Sobre esa base se despliega el Dewey propio. Formado en el neohegelianismo de Johns Hopkins —donde, curiosamente, decidió no asistir a las clases de Peirce—, derivó hacia una versión personal del pragmatismo que llamó instrumentalismo, con la experiencia como concepto central: no recepción pasiva de datos, sino interacción continua entre organismo y entorno, sin cortes entre naturaleza, ser humano y sociedad. De ahí su programa: llevar el método experimental de las ciencias al terreno moral, social y político; sostener un «nuevo individualismo» que no se apoye en el beneficio particular sino en la participación responsable; y rechazar por igual el aplauso acrítico a la ciencia y su condena, para preguntar en cambio por sus fines y su uso en una sociedad democrática.
La exposición avanza por capítulos: los orígenes del pragmatismo, los años de formación del joven Dewey, las bases de su filosofía y su lógica instrumentalistas, su pedagogía —la escuela-laboratorio de Chicago—, sus reflexiones morales, sociales y políticas, su mirada sobre el arte y la religión, y, al cierre, la tarea que asignaba a la filosofía en general. Cuadros conceptuales intercalados, una cronología y referencias bibliográficas completan el aparato.
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