Una cazadora de vampiros que en realidad no lo es recorre las aldeas empobrecidas de Estravinia cobrando por matar monstruos que su propio compañero interpreta.
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Una cazadora de vampiros que en realidad no lo es recorre las aldeas empobrecidas de Estravinia cobrando por matar monstruos que su propio compañero interpreta. El montaje funciona hasta que la superchería tropieza con algo real, y con un pasado que Magiere no eligió.
En los caminos embarrados de Estravinia, la noche se cierra sobre pueblos donde nadie sale después del anochecer. Las contraventanas se atrancan, el ajo cuelga seco de las ventanas y las tumbas recientes se rodean de lámparas para que el mal no se lleve a los muertos. A esas aldeas llega Magiere: coraza de cuero con remaches, cimitarra al costado, cabello negro con destellos rojizos y una piel pálida que la vuelve casi tan inquietante como aquello que dice haber venido a eliminar.
Los aldeanos la llaman «cazadora». Ella deja que lo crean. Su equipaje —frascos sin etiqueta, urnas, polvos de colores, una vasija de cobre cubierta de símbolos ilegibles— forma parte de una función cuidadosamente ensayada, igual que el silencio con que evita dar su nombre. El misterio es parte del negocio. Cuando el zupán de turno regatea, Magiere sabe esperar: la discusión entre el dinero de las semillas y el miedo a no ver la primavera siempre termina del mismo modo.
El otro extremo del truco es Leesil, mestizo de rasgos élficos que se empolva la piel para pasar por criatura de la noche, se deja clavar una estaca hueca y sangra tinte rojo bajo la lluvia mientras el pueblo entero mira por las rendijas. Con ellos viaja Chap, un perro de pelaje lobuno y ojos azul plateado que parece entender más de lo que un animal debería. El reparto del botín es desigual, las noches son frías, y Leesil ya empieza a improvisar por puro aburrimiento: la primera grieta en un plan que solo funciona si nadie cambia nada.
Pero antes de que Magiere pisara ese último pueblo, algo sin nombre trepó por la pared de una casita, pidió permiso para entrar y lo obtuvo de labios dormidos. Y esa misma noche, desde una ventana abierta, vio pasar a una joven armada afilando una estaca y susurró, divertido, la palabra «cazadora». En el niño moribundo que Magiere examina hay dos orificios que no encajan con ninguna historia inventada.
«Dhampir», primera entrega de la serie Muertos Nobles de Barb Hendee y J. C. Hendee, arranca como una estafa itinerante y se abre hacia algo más incómodo: qué ocurre cuando la impostora descubre que el papel que interpreta le fue asignado por nacimiento. Fantasía oscura de aldeas hambrientas, señores con mazmorras y monstruos que sí existen, sostenida por dos socios que se mienten al mundo y, quizá, también entre ellos.