Junto a la fuente de los alisos, la pastora Diana llora un amor que despertó tarde: ahora quiere a Sireno, el mismo a quien un día despreció. Su canto atrae a Alcida, una forastera que se dice curada del Amor y lo declara invención de…
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Junto a la fuente de los alisos, la pastora Diana llora un amor que despertó tarde: ahora quiere a Sireno, el mismo a quien un día despreció. Su canto atrae a Alcida, una forastera que se dice curada del Amor y lo declara invención de poetas. Del encuentro nace un debate que este libro primero interrumpe con la llegada del esposo celoso, la fuga de la desconocida y el relato de un caminante deshecho por un naufragio.
El libro se abre en pleno mediodía de verano, en un paraje que la obra convierte en escenario moral: la fuente de los alisos, donde Diana recuerda las horas felices pasadas con Sireno. La ironía es exacta —él la olvidó después de que ella lo desdeñara— y de esa simetría nace el lamento que la pastora confía a su zampoña, a los pájaros y al agua. Casada sin amor, sujeta por el yugo del matrimonio y el freno de la vergüenza, canta que preferiría morir queriendo antes que vivir sin querer.
La escucha, oculta tras unos jarales, una pastora extranjera. Alcida se presenta como quien ya cruzó ese mar y alcanzó puerto: fue cautiva muchos años, hoy se dice libre, y ofrece a Diana un remedio áspero. En la conversación que sigue asoma el verdadero motor del libro: un debate en regla sobre la naturaleza del Amor. Diana lo defiende como fuerza invencible y recuerda un soneto de Sireno; Alcida replica con otros dos, de Aurelio y de Herbanio, y desmonta pieza por pieza al dios niño —ciego, alado, armado— para concluir que su poder es sólo el que los hombres le entregan, y que llamarlo fuerte equivale a confesar floja la propia voluntad.
La discusión se corta cuando aparece Delio, el marido celoso, y ambas disimulan cantando a dúo unas rimas provenzales que oponen el sosiego del prado al estruendo, la ambición y la codicia de las cortes. El cierre del episodio desmiente a la teórica del desamor con elegancia cruel: Delio, embelesado mientras la oye hablar, sigue a Alcida al bosque en cuanto ella huye. Y la causa de esa fuga llega enseguida cantando. Es Marcelio, capitán al servicio del rey de los lusitanos, vestido de pastor y buscando por el mundo a la mujer que lo esquiva. Sentado junto a la fuente, cuenta a Diana el amor callado, la carta en verso, los desposorios concertados en Ceuta, el embarque rumbo a Lisboa y la tormenta que deshizo la nave y la casa de Eugerio. Diana calla lo que sabe, y el lector queda con tres desdichas trenzadas: la que olvida, la que huye y el que persigue.
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