El Diario de Samuel Pepys, presentado aquí con una introducción que ilumina su rareza: un funcionario londinense sin talento excepcional que, entre 1660 y 1669, anotó casi a diario su vida en taquigrafía y acabó legando el retrato más vivo…
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El Diario de Samuel Pepys, presentado aquí con una introducción que ilumina su rareza: un funcionario londinense sin talento excepcional que, entre 1660 y 1669, anotó casi a diario su vida en taquigrafía y acabó legando el retrato más vivo de su época. Trabajo, dinero, teatro, música, deseo, enfermedad y política se cruzan en un texto escrito sin lector previsto, y por eso extraordinariamente sincero.
El 1 de enero de 1660, un empleado del Tesoro de veintiséis años, sin fortuna ni apellido ilustre, empezó a escribir cada noche lo que le había ocurrido durante el día. No explicó por qué ni para quién. Nueve años y cerca de 1.250.000 palabras después, cuando el temor a quedarse ciego le obligó a dejarlo, Samuel Pepys había construido sin proponérselo uno de los documentos más singulares de la literatura europea.
Este volumen acompaña ese diario con un estudio introductorio que trata de explicar la paradoja: cómo un registro de rutinas —cuentas, oficinas, comidas, visitas, compras— llega a superar en riqueza y verdad a las mejores novelas. La respuesta se busca en cuatro rasgos que rara vez coinciden: una sinceridad sin pose, nacida de no imaginar lectores; una constancia casi increíble, que dejó solo once días sin anotar en más de tres mil; la cercanía al poder, gracias al mecenazgo de su pariente Edward Mountagu; y la suerte —o la desgracia— de vivir en el centro de una década decisiva.
Porque a Pepys le tocó verlo todo: el derrumbe de la República, la Restauración de Carlos II y el reparto de cargos que la siguió, las guerras con Holanda, la peste, el incendio de Londres, la fundación de la Royal Society, la reapertura de los teatros, los primeros cafés, el té y el chocolate. Y junto a ello, su propio ascenso desde casi la nada hasta la secretaría de Actas de la Armada, con las comisiones cobradas con discreción, los votos de abstinencia hábilmente incumplidos, las rivalidades de oficina, las crisis con su esposa Elizabeth y unas infidelidades que anotaba en una jerga mestiza de español, francés y latín.
La introducción reconstruye además su origen familiar modesto, su formación puritana, su religiosidad más rutinaria que devota y su pragmatismo político, sin convertirlo en héroe ni en villano. De ese equilibrio nace el interés del libro: un hombre corriente, contradictorio y curioso de todo, que al contarse a sí mismo terminó contando su siglo.