Madrid, verano de 1995. Elena de la Lastra, ejecutiva de cuentas en una agencia de publicidad instalada en Torre Picasso, descubre que está embarazada justo cuando la dirección de cuentas que lleva una década mereciendo está a punto de…
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Madrid, verano de 1995. Elena de la Lastra, ejecutiva de cuentas en una agencia de publicidad instalada en Torre Picasso, descubre que está embarazada justo cuando la dirección de cuentas que lleva una década mereciendo está a punto de decidirse. La noticia, que debería ser una alegría, se convierte en una amenaza: para su matrimonio, para su carrera y para la imagen de mujer inquebrantable que se ha construido. Antes de que empiece esa historia, otra voz —anónima, agónica, tumbada en una cama de la planta 11 de un edificio que nadie mira— habla desde el final de la suya, y deja al lector la certeza de que aquí se está contando algo más que un embarazo.
La novela arranca con un monólogo que no se olvida: una mujer atada, amordazada y encerrada en el rojo de una máscara de látex describe, con una serenidad que hiela más que el pánico, cómo el hombre en quien confiaba se aleja sin liberarla. Es un prólogo breve y frontal que instala el tema que recorrerá todo el libro —la entrega, la confianza y el precio que se paga por ambas— y que después se retira, dejando su sombra proyectada sobre cada página siguiente.
De ahí saltamos a un salón cualquiera del Madrid de 1995. Mario llega del trabajo, se afloja la corbata y encuentra a su mujer dormida junto a un test de embarazo positivo. Su primera reacción —el nombre del hijo, el suyo, el de su padre, el de su abuelo— basta para que Elena despierte y vea, con una lucidez que la asusta, al hombre con el que lleva ocho años. La escena fija el pulso del relato: dos personas que se quieren y que, sin embargo, no consiguen hablarse.
El libro avanza por «lunas», los meses de una gestación que funciona a la vez como calendario y como cuenta atrás. Elena vomita en los portales camino de la oficina, llama a su madre y recibe a cambio un cariño invasivo y un catálogo de abortos familiares, vuelve a subir la escalera de la consulta de tocología que ya conoce demasiado bien de la vez anterior, la que terminó en una cama del hospital. La doctora la tranquiliza con tablas y fechas; el cuerpo de Elena no atiende a razones. En paralelo, y con una precisión casi documental, la novela retrata el mundo laboral que la rodea: el jefe que pasa del halago a la amenaza en cuanto oye la palabra embarazada, el compañero que se cree mejor preparado que cualquier mujer por el simple hecho de serlo, el cotilleo de pasillo, el ascenso convertido en rehén. Y también la doble vida que Elena decide cerrar: un amante seductor, elegante y perfectamente prescindible que acepta la ruptura con la ligereza de quien nunca puso nada en juego.
Bajo todo eso late un segundo hilo. Un directivo suizo aparece muerto en su casa de Zúrich, con una bolsa atada a la cabeza, en lo que se presenta como un juego sexual salido de madre y que las malas lenguas de la oficina empiezan a llamar asesinato. En el mundo de Elena esa muerte es al principio un chisme incómodo, una anécdota que los jefes alemanes quieren enterrar cuanto antes. El lector, que ya ha escuchado la voz de la planta 11, sabe leerla de otra manera.
El resultado es una novela de doble fondo, escrita con un oído excelente para el habla —los diálogos suenan a conversación real, con sus interrupciones, sus muletillas y su crueldad casual— y con un uso constante del monólogo interior que permite oír a la vez lo que los personajes dicen y lo que callan. Es, en su superficie, la crónica de una mujer que intenta ser madre sin dejar de ser quien es en un país y una década que no se lo van a poner fácil; por debajo, una historia oscura sobre el deseo, el control y las cosas que se hacen en habitaciones cerradas. Las dos corrientes avanzan hacia el mismo punto, y el prólogo se encarga de recordarnos, desde la primera línea, que van a encontrarse.
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