El testimonio manuscrito de un ingeniero mauritano que pasó años detenido sin cargos en Guantánamo, escrito desde su propia celda de aislamiento y publicado tras una larga batalla legal contra la censura oficial.
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El testimonio manuscrito de un ingeniero mauritano que pasó años detenido sin cargos en Guantánamo, escrito desde su propia celda de aislamiento y publicado tras una larga batalla legal contra la censura oficial.
En el verano de 2005, encerrado en una celda de aislamiento del Campo Eco, un preso identificado con un número escribió a mano cientos de páginas para contar lo que le había ocurrido desde que decidió volver a casa. El resultado es este libro: un relato en primera persona que empieza con un vuelo de regreso a Mauritania en enero de 2000 y se convierte, sin que el narrador lo elija, en un itinerario de traslados forzosos entre Senegal, Mauritania, Jordania, Afganistán y una base militar en el Caribe.
La obra reconstruye una biografía interrumpida. Un joven brillante en matemáticas gana una beca para estudiar ingeniería electrónica en Alemania, es el primero de su familia en subir a un avión y en llegar a la universidad, y carga con la expectativa de sostener económicamente a los suyos. Interrumpe sus estudios para sumarse a una causa que en aquel momento contaba con respaldo occidental, regresa, termina la carrera, se casa, trabaja como técnico informático. Años después, esa etapa juvenil y unas cuantas llamadas telefónicas bastan para que su nombre quede atrapado en una investigación internacional de la que nunca logrará salir.
El núcleo del texto es el sistema que lo retiene: interrogatorios que se repiten durante años, un programa de traslados aéreos secretos, un plan de presión aprobado en las más altas instancias, meses de aislamiento, humillaciones y amenazas dirigidas también contra su familia. El narrador describe con precisión el mecanismo por el que la resistencia se agota y una persona termina firmando cualquier cosa con tal de que la dejen en paz —incluida una confesión sobre un atentado que jamás planeó—. Mientras tanto, en su país, sus hermanos siguen pagando la manutención de un preso que ya no está en esa cárcel, y su madre tardará más de seis años en volver a oír su voz.
Lo que distingue a este testimonio no es solo lo que denuncia, sino cómo lo cuenta. La voz que sostiene el libro es irónica, atenta al detalle absurdo, capaz de reírse de los guantes de un interrogador enmascarado o de las torpezas de una amenaza mal formulada. Hay observación etnográfica del encierro, retratos de carceleros que se ablandan, notas sobre idiomas aprendidos entre rejas y una curiosidad persistente por las personas que tiene enfrente. Esa mezcla de rigor y humor convierte el horror en algo legible sin volverlo tolerable.
El volumen se acompaña de una introducción que reconstruye el expediente: cronologías judiciales, transcripciones de audiencias donde el testimonio se corta porque “el equipo de grabación empezó a fallar”, informes desclasificados, titulares de prensa que condenaban por adelantado y una resolución judicial que ordenó su liberación y fue apelada de inmediato. El propio texto conserva las marcas de esa historia: los tachones negros de la censura aparecen impresos en la página, como cicatrices de lo que no se permitió leer.
El libro funciona a la vez como documento y como literatura. Documento, porque es el único relato de su clase escrito desde dentro y en tiempo casi real por quien lo estaba padeciendo. Literatura, porque su autor construye escenas, maneja el tiempo narrativo y sabe cuándo callar. Y en el centro, una pregunta que el propio narrador formula sin dramatismo ante quienes lo juzgan: no importa tanto si lo liberan, importa que su historia se entienda.
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