Una profesora de cerámica recién llegada a un instituto público del norte de Londres mantiene una relación con un alumno de quince años, y cuando el caso estalla en la prensa es su colega más veterana quien se erige en cronista, defensora…
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Una profesora de cerámica recién llegada a un instituto público del norte de Londres mantiene una relación con un alumno de quince años, y cuando el caso estalla en la prensa es su colega más veterana quien se erige en cronista, defensora y guardiana. Narrada desde la casa prestada donde ambas se refugian, la novela avanza como una confesión ajena contada por quien insiste en no ser la protagonista, y esa insistencia acaba siendo lo más revelador del relato.
Marzo de 1998. En la cocina de una casa que no les pertenece, dos mujeres cenan comida de niños —tostadas con judías, palitos de pescado— mientras una de ellas repasa, noche tras noche, los pormenores de una historia que ya ha contado muchas veces. Sheba Hart, cuarenta y dos años, profesora de cerámica, espera comparecer ante los tribunales acusada de mantener una relación sexual con un alumno de quince. Barbara Covett, profesora de historia jubilada tras veintiún años en el mismo instituto, escucha, la anima a seguir hablando y, en secreto, escribe.
El relato retrocede al invierno de 1996, cuando Sheba aparece por primera vez en el aparcamiento del Saint George montada en una bicicleta de repartidor, con faldas largas y un palillo chino en el moño. Barbara la observa desde el principio con una atención que se presenta como mera curiosidad profesional: registra su ropa, su acento, el modo en que el resto del claustro la mira. El centro es un lugar áspero —edificios victorianos que fueron orfanato, cortinas corridas para no ver el patio, agresiones al personal que ya no sorprenden a nadie— y la novata etérea parece condenada al desastre desde su primera clase, interrumpida a gritos por adolescentes que se suben a las mesas. Alrededor se mueve un elenco de colegas dibujados con precisión venenosa: el jefe de química que se cree provocador, la exalumna que volvió a enseñar porque el mundo exterior le daba miedo, el subdirector de jovialidad espeluznante.
La amistad entre ambas se construye despacio, casi como una conquista, y desemboca en una intimidad que Barbara considera excepcional y que le otorga, a su juicio, el derecho exclusivo a narrar los hechos. Cuando el asunto Connolly se descubre, la maquinaria pública se pone en marcha: titulares con juegos de palabras, errores factuales, un moralismo que la narradora disecciona con desprecio. El matrimonio de Sheba con Richard se deshace bajo la presión, los hijos quedan en medio, la casa familiar se cierra. Barbara interviene entonces con una entrega que la prensa encuentra a la vez cómica y sospechosa, y termina instalada junto a su amiga en la casa del hermano de esta, a la espera de una vista judicial y de un junio incierto.
El verdadero motor del libro no es el escándalo, sino la voz que lo cuenta. Barbara escribe para corregir a los periódicos y explicar quién es «realmente» Sheba, pero cada juicio suyo —sobre el pelo del chico, sobre la clase social de su amiga, sobre la incultura de sus colegas, sobre su propio bolso bordado— va delatando una necesidad más honda y menos confesable. Advierte al lector de que el testimonio de Sheba no es del todo fiable en lo moral, y al hacerlo instala la sospecha que más le conviene evitar: la de su propia parcialidad. El proyecto del cuaderno se mantiene oculto a la mujer que retrata; la crónica es también, sin decirlo, un acto de posesión.
El resultado es una novela de tensión sostenida y prosa afilada, que funciona simultáneamente como retrato de un escándalo mediático, radiografía de un instituto público en decadencia, comedia social sobre las diferencias de clase en la Inglaterra de los noventa y estudio clínico de la soledad. La ironía es constante y el humor, seco; la incomodidad, deliberada. Quien lea buscando un veredicto sobre Sheba encontrará algo más inquietante: la conciencia progresiva de que la historia le está llegando filtrada por alguien que tiene mucho que ganar contándola así.
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