Memorias de un fusilero de la 1.ª División de marines que combatió en Peleliu y Okinawa, escritas décadas después por un hombre que volvió a la vida civil como profesor de biología.
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Memorias de un fusilero de la 1.ª División de marines que combatió en Peleliu y Okinawa, escritas décadas después por un hombre que volvió a la vida civil como profesor de biología. Sin épica ni grandilocuencia, el autor reconstruye la experiencia del soldado raso: el adiestramiento, la espera, el barro, el hedor de los muertos, la lealtad entre camaradas y la brutalidad que la guerra despierta incluso en hombres decentes. Un testimonio sobrio y demoledor sobre lo que cuesta sobrevivir a una guerra de aniquilación.
En diciembre de 1942, un joven de Mobile, Alabama, hijo de un médico y estudiante en una academia militar, decide abandonar el camino cómodo hacia el galón de oficial y alistarse como soldado raso en el cuerpo de marines. Le mueve el temor de que la guerra acabe antes de que él pueda pisar el combate. Ese gesto —renunciar al mando para servir entre la tropa— define la mirada de todo el libro: lo que aquí se cuenta no es la campaña vista desde el mapa del estado mayor, sino desde la altura de los ojos de un fusilero de la Compañía K, 3.er Batallón, 5.º Regimiento, 1.ª División de marines.
La obra sigue ese itinerario con una fidelidad casi clínica. Primero, la forja: las aulas donde noventa reclutas suspenden a propósito para poder ir a la guerra, el viaje en tren a través de un país movilizado, la falsa cordialidad de los sargentos antes del campamento de adiestramiento de San Diego. Después, el desembarco en el archipiélago de las Palaos y el infierno de Peleliu, una operación de una sola división que se saldó con miles de bajas y que la historia archivó como batalla menor. De los doscientos treinta y cinco hombres de su compañía, ciento cincuenta resultaron muertos, heridos o desaparecidos. Por último, Okinawa: setenta y nueve días que se convirtieron en la experiencia más devastadora de los estadounidenses en el Pacífico, con decenas de miles de bajas y el mayor registro de fatiga de combate jamás documentado en una sola batalla.
El autor no busca justificar ni condenar las decisiones estratégicas —le interesa poco si Peleliu era necesaria—, sino registrar lo que la guerra hace con los cuerpos y con el carácter. Su formación posterior como científico se filtra en la prosa: observa la descomposición de los cadáveres como un reloj biológico, describe el calor, el coral, los hongos que corroen el cuero y la carne, el hedor que se respira sin tregua. Y observa también, sin coartadas, la crueldad de los suyos: los dientes arrancados a un enemigo agonizante, los bolsillos vaciados, el odio que consume a todos los que conoció. Distingue, sin embargo, entre la barbarie que se comete y la que se acepta como norma, y ese es uno de los nervios morales del relato.
Frente a ese fondo se alzan los retratos que sostienen el libro: un capitán al que la compañía adoraba, un teniente capaz de ser amable sin perder autoridad, un sargento veterano de rituales estrafalarios que encarnaba el «viejo cuerpo» y al que los jóvenes admiraban y querían. Están también las apariciones inesperadas —un cómico famoso actuando en una isla remota, un catedrático de economía de cincuenta y tres años pasando munición en pleno combate— y la pregunta que atraviesa la travesía inicial hacia el Pacífico: ¿cumpliré con mi deber o seré un cobarde? ¿Podré matar?
Escrito a partir de notas tomadas en trozos de papel guardados en un Nuevo Testamento y ordenadas muchos años después, el texto se presenta como el cumplimiento de una deuda: dar voz a los compañeros que no volvieron enteros —o no volvieron— y a una paz que se pagó a un precio que nadie en casa llegó a medir. El resultno es un libro de historia ni una hazaña personal, sino la crónica de un hombre que sobrevivió al abismo y decidió, con lenguaje modesto y sin obscenidades, contarlo tal como fue.
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