Un médico de familia se quita los zapatos antes de entrar en la consulta y convierte ese gesto en una manera de estar en el mundo. A lo largo de dieciocho capítulos, Salvador Casado alterna la reflexión clínica con el apunte íntimo, el…
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Un médico de familia se quita los zapatos antes de entrar en la consulta y convierte ese gesto en una manera de estar en el mundo. A lo largo de dieciocho capítulos, Salvador Casado alterna la reflexión clínica con el apunte íntimo, el ensayo breve con el haiku, para preguntarse qué significan hoy la salud, la enfermedad y el oficio de acompañar. No es un manual ni una memoria al uso: es el cuaderno de alguien que ejerce la medicina como un arte y que prefiere presentarse como aprendiz antes que como maestro.
«Diario de un médico descalzo» nace de una intuición sencilla y difícil de sostener: que la ciencia, con todo lo que ha hecho por nosotros, no agota las preguntas que trae consigo enfermar. Desde esa convicción, Salvador Casado —médico de atención primaria— compone un libro híbrido que se mueve con soltura entre el ensayo divulgativo, la anotación autobiográfica, la meditación filosófica y el poema breve.
El volumen se abre con un prólogo y una «posología» que ya anticipan su tono: el autor pide al lector pausas, subrayados, relecturas, como si el texto fuese una infusión que conviene tomar despacio. A partir de ahí, cada capítulo se asoma al mismo territorio desde un prisma distinto. Una taza de té sirve para pensar el ciclo de llenarse y vaciarse que también describe la enfermedad. La consulta se lee como un taller de artista, con su luz, sus plantas y su exigencia de atención plena. La tríada de consciencia, compasión y dulzura se propone como criterio de buena práctica clínica, no como adorno moral. Y un capítulo sobre la intimidad expuesta —historias clínicas digitalizadas, datos masivos, falsos positivos— traslada la reflexión al terreno más incómodo de la medicina contemporánea.
El hilo que cose todas estas piezas es la figura que da título al libro. Descalzarse significa aquí renunciar a la coraza del experto, reconocer la propia herida y aceptar que el sanador también bebe de su taza. Casado lo cuenta con episodios de su propia biografía: la lección recibida de una niña en una sala de resonancia, la comitiva de batas blancas que llenaba una habitación de hospital, su paso por un quirófano como paciente. De esas escenas extrae una idea repetida sin solemnidad: el verdadero trabajo lo hace siempre quien enferma, y el profesional está para acompañar, sostener y, cuando puede, señalar el camino.
Los capítulos finales amplían el foco hacia el sufrimiento, el mantenimiento cotidiano de la salud, el aprendizaje de morir y las preguntas últimas sobre el sentido, antes de cerrar con un epílogo, agradecimientos y una adenda poética. Entre secciones se deslizan haikus que funcionan como respiraderos del texto. El resultado es un libro de lectura pausada, escrito con voz cercana y sin dogmatismo, dirigido tanto a quien trabaja en el cuidado de otros como a cualquier lector interesado en pensar la fragilidad propia con algo más de calma.
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