Un cronista sube a los taxis de su ciudad con una sola pregunta de arranque —«¿cómo va el día?»— y deja que el volante haga el resto. De esa rutina nace *Diario de un taxista*: un mosaico de confesiones recogidas a distintas horas del día…
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Un cronista sube a los taxis de su ciudad con una sola pregunta de arranque —«¿cómo va el día?»— y deja que el volante haga el resto. De esa rutina nace Diario de un taxista: un mosaico de confesiones recogidas a distintas horas del día y de la noche, donde el asiento trasero funciona como confesionario improvisado y cada carrera devuelve una historia de deseo, culpa, miedo, picardía o pura extrañeza. Relatos breves, orales y crudos sobre un oficio que ve pasar la ciudad entera por el espejo retrovisor.
El punto de partida es tan simple como productivo: un narrador que viaja en taxi y, en lugar de mirar el celular, pregunta. Convencido de que sobre cuatro ruedas circula un repertorio de vidas que nadie recoge, decide escuchar a los conductores y trasladar sus experiencias al papel, casi siempre cediéndoles la primera persona. El prólogo fija el pacto de lectura y también el mecanismo formal que ordena el libro: cada relato viene marcado con la hora exacta en que fue contado, porque —advierte el cronista— lo que se confiesa a las once de la noche no tiene la misma temperatura que lo que se cuenta a media tarde.
El volumen avanza así, carrera a carrera, cambiando de registro sin previo aviso. Hay una tragedia doméstica de deseo y castigo, en la que un hombre joven arruina su matrimonio y su vida entera por una obsesión dentro de su propia casa. Hay una historia de escarmiento urbano: la aventura prometida por dos desconocidas que termina en despojo, suplantación de identidad y meses de cárcel. Hay una viñeta breve, casi de reojo, sobre unos pasajeros adolescentes que se transforman camino a una fiesta, contada desde el desconcierto y los prejuicios del propio conductor. Hay comedia de persecución, con una amante furiosa, un tacón usado como arma y un pasajero que pierde el control de su vejiga antes de que el relato revele que nada era lo que parecía. Hay una fábula moral sobre un cirujano que cobra sus operaciones en especie y sobre la factura, brutalmente física, que la vida termina pasándole. Y hay una pieza inquietante, sin sangre ni sexo, en la que una pasajera que se declara bruja acierta demasiado y deja al taxista —y al lector— con una última frase que no se cierra.
Lo que unifica materiales tan dispares no es el tema sino la voz. El libro está escrito para sonar hablado: interrupciones, aclaraciones entre paréntesis, precios en pesos con su conversión a dólares, apodos y modismos del oficio, risas anotadas en mitad de la frase. El taxi es a la vez escenario, personaje y máquina narrativa —el «compañero amarillo» que aparece una y otra vez—, y el conductor, esa figura a la que muchos suponen sin biografía propia, resulta ser el que mejor conoce la trastienda de la ciudad. Bajo el humor y el morbo late una misma insistencia: casi todo se paga, y quien maneja suele ser el único testigo sobrio del desastre ajeno.
Conviene leerlo por lo que es: un libro episódico, de lectura suelta, con contenido adulto explícito —sexo, violencia, delito— y con voces que conservan intactos sus juicios, su machismo y sus supersticiones, tal como fueron dichas. Esa falta de filtro es su principal atractivo y también su límite: el cronista no corrige a sus entrevistados, los transcribe. El resultado es un retrato nocturno y desigual de una ciudad colombiana vista desde el único asiento que nunca se baja del carro.
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