Escrito día a día, este diario de marcha sigue a una columna de exploradores polares durante las primeras semanas de noviembre mientras atraviesan la Gran Barrera rumbo al sur.
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Escrito día a día, este diario de marcha sigue a una columna de exploradores polares durante las primeras semanas de noviembre mientras atraviesan la Gran Barrera rumbo al sur. El relato arranca en Hut Point y avanza campamento a campamento: ponis repartidos en tres grupos según su velocidad, trineos de perros que alcanzan a la caravana cada mañana, tractores que se averían uno tras otro y quedan abandonados sobre la nieve. Entre ventiscas, pistas blandas y temperaturas de veinte grados bajo cero, el autor mide cargas, raciones y kilómetros con la misma atención con que observa halos solares, sastrugi y el humor de cada animal. El resultado es una crónica sobria de logística, clima y espera.
«A través de la Gran Barrera» abre con una salida escalonada desde Hut Point: los destacamentos parten por turnos, los ponis se organizan en tres secciones —primero los lentos, luego los medianos, al final los veloces— y la caravana adquiere, según el propio narrador, el aire de una regata de unidades que navegan a distinta velocidad. A partir de ahí, el texto avanza como lo que es: un cuaderno de campo llevado con disciplina, fechado jornada a jornada y numerado campamento a campamento, desde el primero hasta el vigésimo.
La materia del relato es doble. Por un lado, la mecánica implacable del viaje: el peso exacto que arrastra cada trineo, la calidad de la nieve bajo los cascos, la decisión de marchar de noche y descansar al sol, los muros de nieve que se levantan en cada alto para abrigar a los animales, los montículos que se erigen para reconocer la ruta al regreso. Por otro, el pulso emocional que asoma bajo la contabilidad: la inquietud constante por unas bestias de las que depende, literalmente, el porvenir de la empresa; el alivio cuando amaina el viento; la irritación ante las jornadas de inacción forzada por la ventisca.
Los animales son los verdaderos protagonistas secundarios. Christophe cocea, se acuesta, inventa subterfugios para escapar de los arreos; Snatcher devora las etapas sin esfuerzo; Nobby come cuanto se le ofrece; y los dos veteranos dados por perdidos, Jehu y Chinaman, sobreviven etapa tras etapa hasta ganarse los apodos irónicos de «el fenómeno de la Barrera» y «el Rayo». Alrededor de ellos se mueve un elenco de hombres —Oates domando al indócil, Bowers y Wilson en la columna, Atkinson en vanguardia, Meares y Demetri con los perros, Ponting con su material fotográfico— que el diario nombra con familiaridad, sin presentaciones.
Una línea de tensión recorre el capítulo: las notas dejadas en el camino por la sección motorizada. Cada envase de petróleo abandonado trae un mensaje, y cada mensaje anuncia una avería peor, hasta que ambos tractores quedan atrás y sus conductores siguen tirando de los trineos a pulso. Cuando la columna los reencuentra, están sanos pero devorados por el hambre.
El capítulo se cierra sin desenlace, en plena marcha hacia el glaciar Beardmore, con los ponis más flacos pero aún firmes y una esperanza medida en kilómetros. Es un documento de paciencia: la épica polar contada desde la aritmética del forraje, el termómetro y la superficie de la nieve.
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