El diario íntimo de un joven ginebrino que, entre 1839 y 1850, convierte el cuaderno privado en taller de sí mismo: horarios que no cumple, timideces que analiza, vocaciones que no elige y una lucidez que no perdona nada.
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El diario íntimo de un joven ginebrino que, entre 1839 y 1850, convierte el cuaderno privado en taller de sí mismo: horarios que no cumple, timideces que analiza, vocaciones que no elige y una lucidez que no perdona nada.
Hay obras que nacen sin querer ser obras. Este volumen reúne las primeras entregas del diario que Henri-Frédéric Amiel, nacido en Ginebra en 1821, empezó a llevar a los dieciocho años y no abandonó hasta su muerte, en 1881, cuando aún era un profesor de estética y filosofía apenas conocido fuera de su aula. La fama llegó después, cuando manos amigas y críticos influyentes rescataron fragmentos de un manuscrito monumental —diecisiete mil páginas— del que las ediciones sucesivas fueron ofreciendo cada vez más. Lo que aquí se traduce corresponde al tramo inicial, de junio de 1839 a diciembre de 1850: el cuaderno de un joven que todavía no sabe que está escribiendo su vida entera.
El lector no encontrará argumento, ni personajes que evolucionen, ni el orden que exige una obra construida. Encontrará algo distinto y más raro: el registro casi diario de una conciencia observándose trabajar. Amiel anota que lee demasiado a la vez y termina sin aprender nada; que redacta reglas de conducta en una nota de cuatro pulgadas y luego no las obedece; que se traza un horario dividido en medias horas —griego, alemán, italiano, física, lecturas, el diario después de cenar— y confiesa que cumplirlo le cuesta un trabajo horrible. Se reprocha la pereza, la dispersión, la vanidad de creerse capaz de todo. Un examen universitario se convierte en un problema psicológico: descubre que el miedo, al chocar con la mirada de los profesores, produce en él una extraña sangre fría y una lucidez que multiplica su comprensión. Una excursión al Salève acaba en una noche entera sobre una plataforma rocosa, a un metro del precipicio, mientras en casa nadie duerme.
Junto a esa contabilidad implacable del tiempo aparecen las páginas que dieron al libro su prestigio duradero. La lectura de unas memorias ajenas le devuelve la imagen del propio desamparo —sin madre, sin hermano, sin amigo íntimo— y de ahí brota una intuición que recorrerá toda la obra: cada día dejamos una parte de nosotros en el camino, y acabamos siendo extraños para el yo que fuimos. La vocación es su tormento constante: quiere abarcar la naturaleza, la humanidad, las ciencias, la poesía, la religión, las artes, y descubre que la ciencia es demasiado vasta para una sola vida. Diagnostica en sí mismo dos defectos gemelos —el temor a la opinión ajena y el exceso de atención hacia uno mismo— y se ordena atreverse a ser él mismo, ir derecho al amigo y derecho al enemigo. Persigue una manía que llama taciturnidad, ese humor sombrío que se instala en la cara y contagia el interior, y se propone vencerla como quien acepta un reto.
El propio autor definió su cuaderno como una confesión que apacigua el corazón, un trabajo que ayuda a tomar conciencia de la propia vida y a hacer luz en el pensamiento; lo llamó su diálogo, su compañía, su confidente, su itinerario psicológico, su pretexto para vivir. Ese es exactamente el valor de estas páginas. Lo que pierden en construcción artística lo ganan en verdad documental: un desorden bello que reproduce el movimiento real de una vida espiritual, con sus avances y sus recaídas. Quien acuse a Amiel de haber preferido examinarse a actuar tendrá que responder a la pregunta implícita del libro: qué hacer cuando el mundo disponible ridiculiza los ideales. Su respuesta fue rectificarse antes de obrar, y dejar como legado el ejercicio de esa rectificación. De ahí que estas confesiones sigan leyéndose menos como el retrato de un hombre concreto que como el espejo de cualquier lector dispuesto a mirarse sin excusas.