Compilado y editado por Pat Hackett, su colaboradora y confidente durante casi dos décadas, este diario recoge la crónica que Andy Warhol dictó por teléfono cada mañana desde 1976 hasta poco antes de su muerte.
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Compilado y editado por Pat Hackett, su colaboradora y confidente durante casi dos décadas, este diario recoge la crónica que Andy Warhol dictó por teléfono cada mañana desde 1976 hasta poco antes de su muerte. Lo que empezó como un registro de gastos para satisfacer a Hacienda se convirtió en el retrato íntimo del artista pop más célebre del siglo XX: sus rutinas, sus negocios, sus fiestas y su mirada, a la vez cándida e implacable, sobre la fauna social de Nueva York.
En el otoño de 1968, pocos meses después de que Warhol sobreviviera a los disparos que estuvieron a punto de matarlo, una joven estudiante de Barnard llamada Pat Hackett entró en la Factory buscando trabajo como mecanógrafa. De aquella relación laboral nació una amistad y una colaboración que atravesaría los libros del artista y culminaría en un ritual inquebrantable: cada mañana de lunes a viernes, hacia las nueve, Hackett llamaba a Warhol y él le narraba su jornada anterior con todo detalle, desde las cenas con la realeza del arte y la moda hasta el precio exacto de un taxi o una llamada desde una cabina.
El pretexto era prosaico —llevar una contabilidad minuciosa para los inspectores fiscales que lo auditaban desde 1972—, pero el resultado fue otra cosa: un autorretrato diario, sin filtros ni pose, del hombre que se consideraba oficialmente «vuelto de la muerte». Por estas páginas desfilan la Factory de Union Square y su metamorfosis en «la oficina», la revista Interview y su glamour calculado, los encargos de retratos que sostenían el imperio, las Cápsulas del Tiempo donde Warhol archivaba su vida, y un elenco que va de Lou Reed, Nico y Brigid Berlin a Fred Hughes, Bob Colacello y los hermanos Johnson.
La introducción de Hackett, que enmarca el conjunto, ofrece además un retrato de primera mano del Warhol cotidiano: cortés hasta el extremo, incapaz de despedir a nadie, fascinado por la fama en todas sus formas, exagerado con las cifras y agradecido por los gestos más pequeños. Fiel al espíritu sincero que defendió su albacea Frederick Hughes —incluso cuando esa sinceridad lo alcanzaba a él mismo—, el diario captura tanto la maquinaria de un negocio artístico único como la evolución de un hombre que, con los años, cambió la provocación por la búsqueda del calor de sus amigos. Es, a la vez, documento social de una época irrepetible de Nueva York y la confesión más extensa y desarmante que dejó Andy Warhol.
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