Con el prólogo de François Truffaut como puerta de entrada, Néstor Almendros repasa en primera persona el oficio de director de fotografía: sus herramientas, sus dudas y la manera en que la luz construye el sentido de una película.
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Con el prólogo de François Truffaut como puerta de entrada, Néstor Almendros repasa en primera persona el oficio de director de fotografía: sus herramientas, sus dudas y la manera en que la luz construye el sentido de una película.
El libro se abre con unas palabras de François Truffaut que sitúan a Néstor Almendros entre los grandes herederos de la fotografía cinematográfica clásica, capaz de sostener, veinticinco años después de la desaparición del monopolio de la sala oscura, la pregunta de cómo evitar que la fealdad llegue a la pantalla. A partir de ahí, Almendros toma la palabra para explicar, sin tecnicismos innecesarios, en qué consiste realmente su trabajo: un oficio que va desde apretar el botón de una cámara hasta decidir el encuadre, el color del vestuario o los movimientos de los actores, siempre al servicio de la visión de un director y nunca de la propia. Con tono de memoria profesional más que de manual técnico, recorre su formación en el Centro Sperimentale de Roma, su fascinación por el operador G. R. Aldo y el neorrealismo italiano, y el modo en que la nouvelle vague francesa —con Raoul Coutard a la cabeza— transformó la iluminación de estudio en una luz reflejada, difusa, que liberó a los actores pero que, llevada al extremo, terminó empobreciendo la imagen del llamado cine joven. Frente a esos dos modelos, defiende una síntesis personal: una fuente de luz única, justificada por la lógica de cada decorado, inspirada en la manera en que la luz se comporta de verdad en la naturaleza. El relato se detiene también en cuestiones muy concretas del oficio —los fotómetros que usa, la sensibilidad de la emulsión, la discusión sobre si conviene o no operar la propia cámara— y en reflexiones más amplias sobre el encuadre como límite artístico, las leyes de composición heredadas de la pintura y la arquitectura, el eclecticismo entre blanco y negro y color, entre plano secuencia y montaje, y la comparación entre la revolución de los nuevos objetivos luminosos y la que vivió la pintura impresionista al salir del taller. El resultado es, a la vez, una defensa del oficio y una historia de vocación, escrita por alguien que, según Truffaut, demuestra que se puede hablar de la luz con palabras.
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