Un año después de que una parada en una carretera secundaria terminara en tragedia, Lucas sobrevive apoyándose en Mario, un amigo que solo él puede ver.
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Un año después de que una parada en una carretera secundaria terminara en tragedia, Lucas sobrevive apoyándose en Mario, un amigo que solo él puede ver. Entre sesiones de terapia, entierros y un club de lectura, el joven persigue un libro sobre la felicidad mientras decide si curarse vale el precio de perder la única voz que lo sostiene.
Todo empieza con un gesto decente: cinco amigos que vuelven de vacaciones por la Nacional 232 se detienen a ayudar a un desconocido que agita los brazos en un área de servicio desierta. La ayuda es una trampa, y de aquel arcén Lucas sale vivo, amnésico y solo.
Seis meses después lo encontramos en el porche de casa de sus padres, fumando y discutiendo sobre Dios, el silencio y la felicidad con Mario, el amigo que apareció en el hospital y que nunca ha faltado a su promesa de visitarlo cada tarde. Mario tiene respuestas para todo, un aplomo que Lucas admira y una costumbre inquietante: ir moldeando, debate a debate, las convicciones que la tragedia le dejó borrosas. Lucas sabe desde el primer día lo que su psicólogo tarda en pronunciar en voz alta —que Mario no existe— y aun así lo prefiere a la alternativa.
La novela avanza por escenas de duelo y de reconstrucción: un despacho con olor a incienso donde un terapeuta cansado intenta convencerlo de que la culpa no es suya; el entierro de uno de sus amigos bajo una tormenta; un domingo de playa improvisado por una madre que no sabe qué otra cosa hacer; entrevistas a ancianos en residencias para el libro que Lucas quiere escribir sobre la felicidad, y que a veces solo recogen mentiras bien contadas. En paralelo se estrecha el cerco médico: un tratamiento experimental, un consentimiento que firmar y una pastilla naranja que Mario ve como su condena a muerte. Cuando Lucas traga, la curación llega con una precisión inmediata y cruel, y también con la certeza de que estar sano puede ser un sinónimo exacto de estar solo.
Lo que sigue es la parte más difícil de contar: aprender a vivir sin los muertos y sin el que nunca estuvo vivo. Un club de lectura de asistencia obligatoria —dos textos nuevos por semana, ninguna excusa admitida— le devuelve una disciplina que funciona como medicina, y la voz de una veterana que le explica que el mundo no está fuera sino dentro, y que el filtro entre los ojos y las ideas hay que limpiarlo de vez en cuando. Con la cita de Wilde sobre la influencia presidiendo el libro, la novela pregunta de qué está hecha una persona cuando el dolor la deja en blanco, quién ocupa ese hueco y qué se pierde al expulsarlo.
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