Un ensayo chileno que parte de un insulto —«¡cínico!»— para preguntarse cómo aprendemos el significado de las palabras que usamos sin pensar. De ahí salta a Diógenes de Sínope: el autor recorre las anécdotas reunidas por Diógenes Laercio y…
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Un ensayo chileno que parte de un insulto —«¡cínico!»— para preguntarse cómo aprendemos el significado de las palabras que usamos sin pensar. De ahí salta a Diógenes de Sínope: el autor recorre las anécdotas reunidas por Diógenes Laercio y las comenta una a una, imaginándolas como escenas pintadas. Entre la etimología, el diccionario y la memoria de infancia, el libro devuelve al cinismo la mitad olvidada: la del rigor, la autarquía y la crítica.
El libro se abre con una escena mínima y reconocible: alguien pierde la discusión y dispara «¡cínico!» como quien tira una piedra. A partir de ese golpe verbal, el autor —una voz que mezcla la erudición con el habla de la calle— se pregunta por un asunto que rara vez examinamos: cómo adquirimos el sentido de las palabras que empleamos a diario. Romántico, dogmático, barroco, burgués, escéptico, socialista: términos de curso fácil que funcionan mientras nadie los detenga y que se vuelven opacos apenas alguien pregunta qué queremos decir con ellos. La comparación es con el suelo, el aire y el dinero: los usamos sin saber nada de ellos, confiando sólo en que sostengan, se respiren, circulen.
De ahí el recorrido por los diccionarios, que reparten el cinismo en dos: la escuela fundada por Antístenes, archivada en los manuales de historia de la filosofía, y el resto —impúdico, procaz, insolente, desaseado, canalla—, que es el único que circula. El autor muestra que esa segunda acepción se quedó con la mitad del asunto, y que a «cínico» le caben igualmente ascético, autárquico, veraz, humilde, libertario, esforzado.
El cuerpo del libro es un comentario de las anécdotas de Diógenes de Sínope tal como las transmitió Diógenes Laercio, respetando su orden y apoyándose en una vieja traducción castellana que el autor conserva por gratitud. Antístenes con el báculo en alto; el ratón del yermo que enseña a vivir en la necesidad; los higos que Platón puede contemplar pero no comer; la razón o el dogal. Cada dicho se despliega con las «reglas de la imaginación» de Loyola: el autor arma el cuadro, reparte los personajes, imagina quién lo habría pintado —Bosch, Tiziano, Caravaggio— y confiesa cuánto de esa escena es invención suya y cuánto está realmente en el texto.
El resultado no es una monografía académica sino una lectura personal, digresiva y deliberadamente llana, donde caben el lema de un escudo nacional, Descartes ante una mesa servida, un oficial nazi que cambia el agua de su canario y los profesores primarios que dieron al autor su primer Diógenes. La apuesta es explícita: prefiere las anécdotas a la doxografía, porque atender a Diógenes lleva pronto a atender a uno mismo.