Un ensayo divulgativo que propone recorrer el arte contemporáneo utilizando los siete pecados capitales como hilo conductor. Partiendo de la idea de que la creación artística es el cauce natural de nuestros impulsos, el libro traza el…
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Un ensayo divulgativo que propone recorrer el arte contemporáneo utilizando los siete pecados capitales como hilo conductor. Partiendo de la idea de que la creación artística es el cauce natural de nuestros impulsos, el libro traza el camino que va del arte moderno al actual —del impresionismo a las vanguardias, de Duchamp al mercado global— y examina cómo la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia siguen operando tanto en las obras como en la conducta de quienes las firman. Escrito en tono accesible y sin exigir conocimientos previos, está pensado para el lector curioso que quiere entender los códigos del arte de hoy.
Hay una pregunta que atraviesa este libro de principio a fin: ¿qué nos empuja realmente a crear? La respuesta que propone su autor no es la belleza, ni la técnica, ni siquiera la inteligencia, sino algo más antiguo y menos presentable: el deseo. Aquello que reprimimos por convención moral, ética o religiosa encuentra en el arte una vía de salida legítima, y esa fuga —sostiene el texto— explica buena parte de lo que ha ocurrido en los talleres, las galerías y las salas de subastas del último siglo y medio.
Sobre esa premisa se organiza un itinerario en dos tiempos. El primero es histórico y sirve de terreno firme: una introducción que aclara la frontera siempre borrosa entre lo moderno y lo contemporáneo, y que reconstruye cómo se llegó hasta aquí. Aparecen el Salón de los Rechazados y la exposición de 1874 en el local de Nadar; la burla del crítico que, sin proponérselo, bautizó al impresionismo; la irrupción de la fotografía, que liberó a la pintura de la obligación de parecerse al mundo; el desfile de los «ismos» —fauvismo, expresionismo, futurismo, cubismo, abstracción, suprematismo, neoplasticismo, dadaísmo, surrealismo— y la larga sombra de Picasso, cuya libertad estilística sigue reconociéndose en artistas que ni siquiera lo citan. El relato se detiene también en el urinario firmado como R. Mutt, la pieza que desplazó el valor de la obra desde la mano hacia la idea, y recoge la discusión abierta sobre su verdadera autoría.
El segundo tiempo es el que da nombre al proyecto. Con el terreno despejado, el libro entra a pecar. Cada pecado se convierte en una lente para leer una época, un movimiento o una trayectoria concreta, y el texto muestra que el vicio no solo se representa en las obras: con frecuencia mueve a quien las produce. La avaricia, por ejemplo, se examina a través del cráneo de platino cubierto de 8.601 diamantes de Damien Hirst, la operación que lo rodeó y la subasta con la que el artista prescindió de sus galerías en plena crisis financiera; y también a través de Jeff Koons, el corredor de bolsa reconvertido en artista que fue el primero en contratar a un relaciones públicas y que construyó una obra a escala industrial sobre la exaltación de lo superfluo. De paso, el libro explica sin solemnidad cómo funcionan las piezas del engranaje: qué hace hoy un galerista, cómo tasan y promocionan las casas de subastas, y qué queda de la autoría cuando un centenar de empleados ejecuta lo que el artista solo ha concebido.
El tono es deliberadamente cercano, con humor y guiños a la cultura popular, y una advertencia explícita al lector: los nombres, las fechas y los movimientos son compañeros de viaje, no una lista que memorizar. Más que un manual, el resultado es una invitación a mirar con otros ojos —y con menos reverencia— un arte que ya no aspira necesariamente a ser bonito, sino a transmitir algo y a obligarnos a responder.
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