Este volumen reúne la obra conservada de Temistio (h. 317 – después de 385), el orador y filósofo paflagonio que hizo de la corte de Constantinopla su tribuna durante casi medio siglo.
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Este volumen reúne la obra conservada de Temistio (h. 317 – después de 385), el orador y filósofo paflagonio que hizo de la corte de Constantinopla su tribuna durante casi medio siglo. Una introducción general reconstruye su biografía a partir de sus propios discursos y del epistolario de Libanio, inventaría el corpus —treinta y tres piezas auténticas, más las paráfrasis de Aristóteles— y sitúa al autor en el centro de una discusión que atravesó el siglo IV: qué debe hacer un filósofo cuando el poder lo llama a su lado.
Temistio pertenece a esa clase de figuras que se conocen sobre todo por su propia voz. Nacido hacia el 317 en Paflagonia, hijo y nieto de filósofos, formado en la retórica junto al Ponto y en la filosofía bajo la tutela de su padre Eugenio, llegó joven a Constantinopla y allí encontró el escenario de toda su vida pública. Las noticias sobre él proceden en su mayoría de sus propios textos —donde las referencias personales aparecen unas veces como ilustración de un argumento y otras como réplica a sus enemigos— y de las cartas de Libanio, que aportan el matiz humano que el panegírico rara vez concede. Muchos episodios siguen siendo discutidos: la fecha exacta de su llegada a la capital, si presidió el Senado o fue procónsul, quién era el emperador que en cierto pasaje le ofreció la prefectura y recibió una negativa.
Lo que sí queda nítido es la trayectoria. Adscrito al Senado por Constancio II en el 355, Temistio se convirtió en el intelectual pagano que prestaba legitimidad filosófica al orden imperial, y desde ahí sobrevivió a un relevo de emperadores tras otro: la fría distancia con Juliano —cuya Carta a Temistio expone, en pocas páginas, dos maneras incompatibles de entender el helenismo y la función del sabio—, el breve reinado de Joviano, la larga y tensa convivencia con Valente, y por fin la plena sintonía con Teodosio, que le confió la educación de su hijo Arcadio y lo nombró prefecto de la ciudad en el 384. La paradoja no le pasó inadvertida a nadie: el defensor de la tolerancia religiosa alcanzó su cima bajo el emperador que acabaría imponiendo la ortodoxia nicena.
El corpus reproduce esa doble vida. De un lado, dieciocho panegíricos oficiales pronunciados ante los sucesivos augustos, en los que el elogio funciona como vehículo de consejo: sobre los impuestos y la administración, sobre la clemencia con los partidarios de un usurpador, sobre la conveniencia de pactar con los godos, sobre los límites de la coacción en materia de culto. De otro, los discursos llamados privados, donde el autor defiende su oficio ante quienes le reprochaban haber cambiado la cátedra por el favor del príncipe, además de elogios, protrépticos y un discurso fúnebre por su padre. A ello se suman las paráfrasis aristotélicas —conservadas en griego, hebreo y árabe—, obra de divulgación más que de exégesis original, y notable por mantenerse fiel a la tradición peripatética en pleno auge del neoplatonismo.
La introducción no se limita a ordenar los datos: discute las atribuciones dudosas, separa lo auténtico de lo apócrifo, coteja los testimonios de Focio y de la Suda con lo que hoy poseemos y expone con honestidad dónde termina la evidencia y empieza la conjetura. El resultado es a la vez una guía de lectura y un retrato del momento en que el mundo griego tuvo que decidir cómo hablarle a un imperio que estaba dejando de ser el suyo.
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