Elena Luján regresa a su patria tras años de exilio en Francia y encarcelamiento en campos de concentración nazis. Confinada en la casa de sus tíos en una ciudad amurallada, vive como reclusa en las sombras de la posguerra española.
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Elena Luján regresa a su patria tras años de exilio en Francia y encarcelamiento en campos de concentración nazis. Confinada en la casa de sus tíos en una ciudad amurallada, vive como reclusa en las sombras de la posguerra española. Mientras intenta construir una amnesia voluntaria que la libere de sus recuerdos traumáticos, sobrevive en el silencio de una habitación desde la que contempla una ciudad de piedra que, como ella, parece haber sido congelada en el tiempo por el sufrimiento y la represión.
En las frías calles de Ávila, envuelta en la bruma de noviembre de 1943, regresa Elena Luján a su patria. Tras años de exilio en Francia, deportada por los nazis desde París, tras pasar por los campos de concentración de Argelès y Miranda de Ebro, Elena llega a la casa de sus tíos bajo custodia de la Guardia Civil. La hermosa mujer que cruza el umbral no es ya la que partió: el sufrimiento ha borrado sus emociones, dejando solo una estatua de rasgos regulares, despojada de esplendor.
Confinada en una habitación del piso superior de una modesta casa en la calle del Duque de Alba, Elena vive como reclusa. No puede salir a la calle. La prohibición viene de sus tíos, quienes cumplen con su deber de acogida familiar mientras responden a mandatos judiciales de una represión silenciosa que caracteriza la posguerra española. Desde la ventana de su cuarto, que da al patio interior donde tiempo atrás jugaba en el acueducto romano, Elena contempla la ciudad de piedra, sus murallas graníticas, sus conventos comunicados por túneles que guardaban secretos.
La ciudad amurallada, la más alta de España, se alza sobre un promontorio nebuloso. Sus calles tortuosas aún no han llegado a la modernidad. Sus habitantes son figuras de piedra, estatuas andantes que aceptan la paz posterior a la guerra como un regalo divino, sin cuestionarse el precio. Ellos no vieron bombas, no conocen la represión que acosa a los republicanos. Viven en la ignorancia bendita, mientras Elena, tras sus cristales, permanece testigo de una realidad que no puede compartir.
Procurando construir una amnesia voluntaria que la libere de sus recuerdos traumáticos, Elena intenta sobrevivir en el silencio. Cada resquicio de sol que entra por su ventana es todo un acontecimiento. Pero la amnesia es imposible: los recuerdos se acumulan, amenazan con formar un muro contra el que golpear la cabeza. Elena existe en la penumbra de su habitación, invisible, prisionera de una libertad que solo existe en apariencia, encadenada a una ciudad que, como ella, parece haber sido congelada en el tiempo por el sufrimiento, la represión y el silencio.
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