Una novela de atmósfera más que de trama: tras una grave enfermedad que transforma su espíritu, Don Juan del Prado y Ramos se retira a vivir en una pequeña ciudad castellana de raigambre romana, medieval y renacentista, donde su existencia…
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Una novela de atmósfera más que de trama: tras una grave enfermedad que transforma su espíritu, Don Juan del Prado y Ramos se retira a vivir en una pequeña ciudad castellana de raigambre romana, medieval y renacentista, donde su existencia serena se entreteje con la de obispos, monjas, médicos, labradores y funcionarios que encarnan el paso lento del tiempo y la permanencia de las tradiciones.
La obra se abre con un prólogo que evoca los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo, situando desde el inicio el tema de la conversión espiritual: un pecador, Don Juan del Prado y Ramos, enferma gravemente y, aunque no muere, su alma sale transformada del trance. A partir de ahí, el relato abandona la urgencia argumental para convertirse en un extenso retrato moral y costumbrista. Don Juan aparece descrito como un hombre sin rasgos llamativos, discreto, generoso sin ostentación, capaz de perdonar y de guardar para sí sus propias melancolías; un carácter que se define tanto por lo que hace como por lo que calla. Abandonada la vida suntuosa, se instala en una pequeña ciudad de fundación romana, con murallas, puente y catedral gótica, cuyo espíritu de reposo y eternidad se transmite a través de detalles mínimos: un muro blanco y azul, una colina verde, el cielo inmutable. Alrededor de Don Juan desfila una galería de figuras que representan distintas capas de esa sociedad provinciana: el obispo don García, de carácter inflexible, enfrentado durante años a las monjas jerónimas del convento de San Pablo por la clausura conventual; sor Natividad, abadesa de gestos pausados y sensualidad contenida; las humildes capuchinas de la Pasión, entregadas a la pobreza franciscana; un obispo ciego que, pese a no poder ver ya su catedral ni su ciudad, sigue percibiendo la vida a través del oído; un orfebre solitario obsesionado con papeles y cifras; el doctor Quijano, entregado a los pobres y guardián de un misterioso armario de libros; y episodios rurales, como la visita a un pueblo empobrecido y la noche pasada en casa del labrador Gil, que documentan con detalle casi etnográfico la miseria y las costumbres agrícolas de la época. El libro combina la evocación histórica —censos, crónicas, relaciones topográficas, cifras de población y de rentas— con estampas dialogadas, como la disputa filosófica del presidente de la Audiencia con el joven Pozas sobre la justicia y la ley, o la anécdota del nuevo gobernador que llega de incógnito y descubre el abandono del Hospicio. El resultado es un fresco pausado y contemplativo sobre el tiempo detenido de la España provinciana, donde la transformación interior de un solo hombre sirve de hilo conductor para observar, con mirada serena y algo melancólica, la permanencia de la fe, la jerarquía social y las costumbres ante el paso de los siglos.