En la hacienda San Isidro, en el valle de Apan en 1823, convergen dos destinos trágicos. Andrés permanece sumido en el dolor tras perder a la mujer que lo llevó allí, mientras Beatriz, la nueva esposa de Rodolfo, cruza el umbral de esta…
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En la hacienda San Isidro, en el valle de Apan en 1823, convergen dos destinos trágicos. Andrés permanece sumido en el dolor tras perder a la mujer que lo llevó allí, mientras Beatriz, la nueva esposa de Rodolfo, cruza el umbral de esta casa misteriosa con la intención de gobernarla. Pero San Isidro guarda secretos perturbadores: atmósferas opresivas, símbolos de muerte y la enigmática presencia de Juana, quien vive en las sombras del lugar. Entre el amor perdido y una mansión que parece tener voluntad propia, ambos descubrirán que algunas fuerzas superan el deseo y la soledad.
San Isidro: una hacienda polvorienta del valle de Apan, México, en 1823. Su arquitectura se alza como los huesos de una bestia hace tiempo muerta, sus paredes de estuco blanco resquebrajadas, sus campos de maguey extendiéndose bajo un cielo que parece presenciar secretos ocultos. Dos almas rotas convergen en sus muros.
Andrés llega a San Isidro consumido por una pasión devastadora. Ha cruzado sus puertas de madera oscura movido por una razón profunda: la mujer que amaba. Pero el carruaje que la transporta desaparece en el polvo, dejándolo de rodillas, contemplando un horizonte vacío con el fervor de un pecador ante su santo. En San Isidro, Andrés descubre que el dolor de la soledad es tan cortante como el machete del tlachiquero que cosecha corazones de maguey: un dolor que desgarra la carne de los huesos.
Beatriz llega como la nueva esposa de Rodolfo Eligio Solórzano, convencida de que esta hacienda será su salvación. Ha interpretado el papel de esposa dócil para escapar del tormento de la casa de su tía Fernanda. San Isidro será suya, posesión y redención. Pero lo que encuentra es una mansión que no coincide con los relatos de Rodolfo: pasillos fríos, sombras opresivas, silencio sofocante. Una sensación de presencia intangible que la acecha.
Juana, hermana de Rodolfo, aparece como una sombra incómoda: mujer de tez bronceada y botas de montar que vive deliberadamente fuera de la casa principal. Su autoridad sobre San Isidro es evidente para Beatriz en el acto, quien intuye que la verdadera gobernanta no es quien debería serlo. Una rata muerta con el cráneo abierto aparece en los escalones. La risa de un niño resuena desde habitaciones vacías. Los espacios vacíos parecen estar vivos, observando, esperando.
San Isidro no es solo una hacienda: es un personaje, una fuerza que consume lo que toca, que devora corazones como el maguey es drenado de su savia dulce. Entre Andrés destrozado por la pérdida, Beatriz enfrentada a realidades que desafían su comprensión, y Juana custodiando los misterios del lugar, la novela teje una atmósfera de inquietud creciente donde lo sobrenatural y lo emocional se entretejen.
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