Marina deja atrás una ciudad del Mediterráneo y se instala con su hija pequeña en un pueblo de montaña del norte de España, decidida a reconstruirse lejos de una vida que la había ido borrando.
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Marina deja atrás una ciudad del Mediterráneo y se instala con su hija pequeña en un pueblo de montaña del norte de España, decidida a reconstruirse lejos de una vida que la había ido borrando. Entre el trabajo en la oficina de un banco, los proyectos contra el despoblamiento rural, las cervezas en la taberna del pueblo y una amistad nueva que la sostiene, aparece Mikel, el hermano de su amiga: hosco, reservado y cargado con un peso propio. Primera novela de María Rivas, narrada a dos voces, sobre el momento exacto en que una vida puede terminar o empezar.
A principios de abril, Marina despierta sin sobresaltos por primera vez en mucho tiempo. Hace tres meses que vive con Aitana, su hija, en una casa de piedra rodeada de prados, hayedos y montañas, a diez minutos a pie de la oficina bancaria donde ha conseguido un traslado. Todo es nuevo: el frío de las mañanas, el paisaje que mira como si necesitara memorizarlo, la ropa sencilla que ya no elige para impresionar a nadie, el café descafeinado que sostiene en cualquier superficie porque ya no queda quien se lo reproche. Fue urbanita, extrovertida, alma de las fiestas; hoy no se reconoce, y sospecha que esa pérdida empezó mucho antes de la mudanza.
La novela avanza por esa doble corriente: la vida cotidiana que Marina construye con paciencia —el trabajo en proyectos contra el despoblamiento y de revitalización rural, la comida de los jueves con Marcos, el abogado que insiste en acercarse, las cervezas de los viernes en el Etxeko, el cuidado generoso de Ángeles, su casera convertida en abuela adoptiva— y el silencio que guarda sobre lo que dejó atrás. En el pueblo nadie pregunta demasiado; ella agradece por fin poder dejar de dar explicaciones. Leire, trabajadora social y amiga inmediata, es el contrapunto luminoso: un metro ochenta de simpatía que llegó cuando más falta hacía, que arrastra a Marina fuera de casa y que está a punto de casarse con Unai, arquitecto y amigo de la infancia de su hermano.
Ese hermano es Mikel. Vuelve de tres meses de escalada en Argentina y su regreso al bar del pueblo desordena algo que Marina no sabe nombrar: un vuelco en el estómago, una sonrisa que se le congela, la necesidad de salir a buscar aire. El encuentro es breve, tenso, casi fallido. Él, que se agobia entre la gente y no se caracteriza por su buen carácter, se sorprende mirándola más de lo que quisiera y decidiendo, sin razón, que es igual que el abogado al que detesta. Ella se marcha convencida de que ha sido rechazada. Los dos regresan a casa con la misma pregunta y con equipajes distintos: el de Marina, hecho de años de exigencia, culpa maternal y una versión de sí misma que no sabe si volverá; el de Mikel, un peso en los hombros del que su familia habla en voz baja y que el viaje no ha conseguido aliviar.
Contada en primera persona y alternando las voces de Marina y Mikel, «Donde terminar o empezar» es una novela de reconstrucción antes que de conquista. La escritura se detiene en lo pequeño y concreto —el olor a madera y musgo, la chimenea encendida, el pinchazo de la barba en la mejilla, la lista de música en los auriculares— para medir algo mucho mayor: cuánto cuesta volver a habitarse, qué se debe al pasado y qué al presente. Alrededor, el retrato afectuoso y sin idealizar de una comunidad rural que acoge sin interrogar, donde la lentitud no es una moda sino una forma de vida. María Rivas firma aquí su primera novela, escrita durante dos años de horas robadas al sueño, y la acompaña de una banda sonora propia: una historia sobre la valentía discreta de empezar de nuevo cuando ya se ha perdido casi todo, incluido el reconocimiento de una misma.
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